Juan Herrera: Copla, escritura y cuerdas

Carlos San Diego

De tres planchas de zinc encarbonadas con ollín, viene Juan Herrera. “Por la casa montonera / de los González Herrera / que mis ojos no la ven, / sentí que me cruzó un gancho  / el alma cuando vi el rancho / debajo de un terraplén / y el pescuezo de un requinto /sosteniendo un comején…” por ahí, más o menos, sigue con letanía melancólica el pasaje hecho canción.

La imagen es cruda. Dibuja la soledad. Un desbarajuste de recuerdos se agolpa desde cualquier calceta de gredales y dividives hasta donde lo ataja las alambradas de la infancia. No hay dudas. El paso del tiempo es implacable. Lo que fue casa, queda ahora bajo un terraplén. Quizás un bachaquero. Un asiento. Quizás, viejos algarrobos. Quizás,  cocuizas que se niegan a florecer para no morir. Y en ese cuadro, colgado de un horcón de buena madera que resiste como el último cacique de la tribu, “el pescuezo de un requinto” sostiene la cabeza de un comején. Así hablan las ruinas.

En breve, algo así, describe la letra de la canción “La caída del rancho viejo” de Juan Herrera “el sabanero”. Este coplero, cantautor y músico es considerado junto a Jorge Guerrero y Jesús Daniel Quinteno “el tigrito de Mata Negra”, un trío de compositores auténticos. Su obra sustenta el paisaje y la mundología  luminosa de la cultura del llano. Aunque por allí, detrás del rastro de sus tintas, andan Wilmer Tovar, “Calucho”  Calzadilla y los colombianos Walter Silva y Pablo Neita. Son “jornaleros del verso”. Con su escritura preservan la escenografía de una tierra y acontecimientos  que pueden estar ausentes, pero que recobran vigor a través de su canto. Son poetas acreditados por las enseñanzas de sus vidas. En cada verso justifican y alargan de manera genuina su existencia. Un glosario espléndido.  

Paraulatica llanera

Juan Herrera nació en el caserío Carrizal Torreño, municipio Santa María de Ipire, estado Guárico. Eso ocurrió  el 14 de septiembre de 1980. Hijo de Juan de Dios Herrera y María Josefina González. Es el menor de siete hermanos. Tres mujeres y cuatro hombres. Héroes de chiribitales y caminos trillados.

Tenía 11 años de edad cuando ganó el festival folklórico “La paraulatica llanera” en El Socorro, estado Guárico. Ya venía cantando en los actos escolares. Ese hecho le permitió ganar confianza. Afianzó la vocación por el canto de la música llanera. Ya era una realidad. Estaba en su destino. La virtud le deparaba el primer fruto. Pero el contrapunteo lo trasnochaba. Y ese trasnocho alimentaba sus expectativas. El mundo del muchacho campesino es divertido y bonito. Sueña con lo que no tiene. Mas también sueña con lo que tiene, con lo que palpa, con lo que ve, con lo que oye. Eso lo lleva a ser y a hacer.

Disco de prueba y el verso a verso

Con 17 años de edad, en 1997, grabó su primera producción discográfica “Ánima del taguapire”. Entre las canciones de este disco todavía se recuerdan: “Regresa caballo mío” y “Me dejó y siempre la quiero”. La grabación fue hecha en los estudios Sapiens de Valle de La Pascua, estado Guárico. El acompañamiento musical estuvo a cargo de la agrupación Alma de Venezuela del maestro Benjamín Díaz.  Sin embargo, después de “Ánima del taguapire”, el reto, el careo del verso a verso seguía estimulando  su pasión de cantante, de coplero contrapunteador. Se abre paso en distintos festivales. Escenarios de Venezuela y de Colombia lo vieron subir para desafiar a los rivales y bajar con las guindas del mérito colgadas del triunfo. Certero y relancino.

Conquistó más de 90 primeros lugares como coplero. Entre estos laureles vale mencionar: Las tres Topias de Oro en Barcelona, estado Anzoátegui y Panoja de Oro en Valle de La Pascua, estado  Guárico (2006).  En dos oportunidades ganó La Cachama de Oro en Puerto Gaitán, departamento de Vichada, en Colombia y San Martín de Oro en San Martín de Porras, departamento del Meta, también en Colombia.  Por la manera de improvisar llegaron a renombrarlo “el diablo del verso”. Le llovía la rima.

El bolígrafo del veguero

Herrera no sólo es un diestro arrimándole versos a la improvisación. A la hora de escribir canciones también destaca con el bolígrafo. Sus obras las han grabado artistas de dilatada trayectoria. Entre ellos Domingo García, quien popularizó la pieza “La cadena de amistad”. Igualmente el desaparecido  Jesús Pérez lanzó de promoción la canción “Aguardiente pa’ un guayabo”; y la lamentablemente fallecida Elisa Guerrero, le grabó “Déjenme ser como soy”. Muchos otros han registrado en sus producciones musicales piezas escritas por Juan Herrera. El éxito no se desperdicia.

Artista invitado

Juan Herrera es un rastreador incansable de la huella que deja la buena rima en el tradicional verso octosílabo. Lo pone de relieve en varias de sus composiciones. Además de la realización de sus trabajos discográficos propios como “Ánima del Taguapire”, “El diablo del verso”, “Mi suegro también cayó”,  “La pluma criolla de Juan Herrera”, “Juan Herrera sabanero”, “Más genuino y sabanero”, “Mañana empañeto el rancho”,  ha hecho actuaciones especiales en diferentes producciones musicales  de otros artistas. Allí aparece el “coplero cinco estrellas”, José Medina. Juntos grabaron el contrapunteo “Invitación a un veguero”. La canción tuvo espectacular resonancia en el país. El contenido jocoso de la letra compuesta por Herrera, le dio otro nivel al género de contrapunteo grabado hasta ahora. Ese trabajo enriquece al folklore.

Con Marcelino Garrido, grabó otro contrapunteo. El título es “Mi suegro también cayó” incluido en una producción discográfica del mismo nombre. Ahí también el humor y la picaresca cotidiana del llanero se manifiestan. Se manifiestan no de manera ramplona y grosera. Su temática es elegante. Una propuesta saludable para el contrapunteo escrito. Talento e ingenio. 

Con Magdalena Díaz “la corocora del llano”, grabó “Así se estrecha una viuda”. Fue un éxito rotundo para ambos intérpretes. La aceptación de esta canción los convirtió, artísticamente en la pareja del año 2005. Viajaron juntos para cumplir presentaciones en diferentes ciudades del país. Dicen que la viuda nunca se dejó estrechar. Habría que pregúntenselo a las 32 cuerdas del arpa.

El sendero del solista

Mientras trataba de estrechar a la viuda, al mismo tiempo, ya bastante desprendido de los festivales de contrapunteo, Herrera consolidaba su carrera como solista. Uno de sus grandes éxitos “Mañana empañeto el rancho”  se hacía eco en Venezuela y en Colombia. Reafirmaba su estilo. Esa combinación con detalles de descripciones precisas. En ellas aflora  la identidad, las costumbres, los quehaceres, la geografía, la memoria, los sueños y las esperanzas, reflejadas por los sentimientos de un hombre  que aún mantiene su autenticidad, su pureza en el ecosistema de la cultura campesina. Su canto recobra valores y principios de un modo de vida en extinción. Se hace cronista de un tiempo atrás no lejano. De eso escribe. Siempre ha grabado canciones de su mismo intelecto. Poesía. Imagen. Vivencia. Tatuaje en carne propia.

Poesía y faena 

Estos registros le han dado un lugar preponderante a Juan Herrera, dentro de las generaciones que mantienen en alto el gusto por la música llanera. Goza de un público joven que lo sigue y admira. Cosa que ocurre sin haberse desprendido de las faenas rutinarias del trabajador del campo. En este punto es bueno referir el comentario de una anécdota de unos jóvenes que se trasladaban en un vehículo rústico por una vía hacia una finca del estado Guárico, por los lados de Carrizal Torreño. En la misma trilla, al momento de abrir un falso (puerta de empalizada hecha de alambre y palos delgados) los jóvenes del rústico, se consiguieron con hombres de a caballo que arreaban una madrina de reses. Para su sorpresa, entre los jinetes vieron a un catire alto quemado por el sol. Entre ellos se dijeron: “Se parece a Juan Herrera…” La curiosidad llevó a una de las muchachas que viajaban en el vehículo a preguntarle a uno de los arrieros, que si ese catire era Juan Herrera, el cantante. La respuesta fue: “El mismito que viste y calza, señorita”. Los jóvenes se bajaron y lo saludaron con emoción y respeto. Les parecía increíble que uno de sus ídolos de la música llanera estuviera desempeñando una faena de llano dura como lo es lidiar con ganado. Siempre pensaron que lo iban a conocer encima de un escenario, escuchando canciones como: “No cantes más paraulata / deja las cosas ansina…”, no a lomos de un caballo en plena sabana con los rayos solares  queriendo perforar el ala del sombrero. Después del acontecimiento, con admiración, viendo aún hacia atrás, los jóvenes abordaron su vehículo y reanudaron su marcha. “El diablo del verso” taloneó su caballo. Siguió su labor como un “peón” común y corriente. Su fama no le quita la condición de caporal. ¡Ajila, ajila novillooooo… oh… joooo… eeeh… eeeh, carach…! La médula de sus huesos es barro y polvo de la tierra en la que nació. Veguero, le dirán. Coplero lo llamarán. Cantante lo nombrarán. Sencillamente, es un poeta.

Nueva cosecha

El hijo de Carrizal Torreño, quien también es ejecutante del arpa, no deja de producir canciones. Su más reciente afinación en un estudio de grabación son dos pasajes: “La caída del rancho viejo”, del que referidos trazos de la letra al inicio del texto y “Caporal de Las Palmeras”. Dos piezas que se adelantan al proyecto de un nuevo álbum musical que enriquecerá el acostumbrado cancionero de Juan Herrera. Un libro lleno de melodías.

En la grabación de estas dos canciones, el pulso musical lo impusieron Maykel Ochoa con el arpa en “La caída del rancho viejo”. En “El caporal de Las Palmeras”, se acompaña el mismo Juan Herrera. El resto de los músicos son: Rolando Díaz en el cuatro, Yanny Díaz en las maracas y Yorgin Loreto en el bajo. El estado Guárico en escena.

Gracias al llano

A hombres como Juan Herrera al llano siempre les estará agradecido. Pero de igual manera, hombres como Juan Herrera siempre le estarán agradecidos al llano por todo cuanto les da. Cuando la tierra que los vio nacer, la nombran como llano: Es padre, es como Dios. Cuando la nombran como llanura: Es madre, es  sagrada. Cuando la nombran como sabana: Es hermana, es la compañera. Cuando la nombran como banco de sabana: Es hermano, el espacio más cercano para contar, cantar o silbar alegrías y penas. Cuando la nombran toda al mismo tiempo: Es familia, es como el paraíso. No hay lugar mejor. No hay lugar mejor así el rancho viejo esté en el suelo. La memoria, esa facultad que no puede destruir el comején, de horcón a horcón, lo sostiene de pie. y Sobre ese pie, la esperanza ensancha como un caney incomparable su calor, su amparo, su bendición.