Cheo Hernández Prisco: Copla, caballo y rabo

Su verdadero nombre es José Manuel Hernández Prisco, pero en todo el país se le cono  Cheo Hernández Prisco.  Nació en la finca Macea, jurisdicción de la población de Papelón, municipio Papelón, estado Portuguesa. Ahí mismo,  cerca del río que da nombre a ese estado y de Caño Delgadito. Era una finca propiedad de José Manuel Hernández y María Audelina Prisco, sus progenitores. Era el 16 de febrero de 1942, cuando sus ojos se abrieron al mundo.

“Pueblito de Papelón/ de Papelón/ yo nunca te olvidaré”, dice un pasaje  compuesto por Rigoberto Ramírez que este legendario cantautor, arpista, ex coleador profesional y perito agropecuario canta a su pueblo natal,  que en  1785, firmó su acta de fundación el obispo Mariano Martí sobre una tierra amplia conocida como Sabana Dulce.

De sus 68 años de edad, Hernández Prisco tiene 61 subiendo y bajando tarimas.  Comenzó a los siete años  en los actos culturales  de  la escuela. Jovencito aprendió a tocar el arpa, cuatro y maracas. Ya sólo ejecuta el cuatro para acompañarse cuando está inspirado detrás de una composición. Así como el rasgueo del cuatro le afina la música, también le pone a danzar la música en el cerebro y el verbo sagrado del verso le ilumina el espíritu.

Adolescente, al salir de la educación primaria compró un conjunto y tocaba bailes. Era el arpista. Cobraba 60 bolívares por noche, que compartía con el cuatrista y el maraquero.

Su crianza fue campesina. Asegura que este estilo de crianza le ayudó a despertar la pasión por el coleo, por animales, sobre todos, por los caballos. “Después de la mujer, que es lo más bonito del mundo, los caballos. Para mí son algo muy bonito, especial”.

Pepelón es tierra fértil para la siembra y cultivo de la caña de azúcar. Pero la vida de Cheo Hernández Prisco ha estado ligada a la ganadería. Buscando una mejor relación entre la formación profesional y la faena del campo se graduó de perito agropecuario. Pero en la medida que fue floreciendo su proyección de cantante, la función del perito fue quedando enterrada por el grito de un joropo o el lamento de un pasaje sabanero. Si acaso, prestó servicios por un año en la antigua Agroisleña, ahora Agropatria.

El primer disco no salió de la casa

La primera grabación discográfica la realizó entre finales de 1966 y principios e 1967. Un disco en formato de 45 rpm. Allí grabó una canción titulada “Las coquetas” y el respaldo contenía un contrapunteo entre el cojedeño Evelio Zambrano y el maestro Rigoberto Ramírez. Ese disco nada más que se oyó en la casa. No pasó la prueba.

Después grabó un tema  que lo identificó en el país como cantante de música llanera “Llanto de amor”, letra de Adelis Soto Valera y música de Rigoberto Ramírez, acompañado por la agrupación del maestro Cándido Herrera.  “Cuando uno pierde un cariño/ ay un cariño/ y lo quiere de verdad/ se le pone el cuerpo/ ay muy maluco/ el día que ése se la va…” Así comienzan a llegar  las contrataciones e infinidad de presentaciones, y la oportunidad de grabar el primer long play (LP) para el sello La Casa Eléctrica de Barinas.

Luego ha venido una gran cantidad de Lps y Cds, alrededor de 35 a lo largo de una carrera profesional de 45 años, en la que destacan éxitos memorables: “La novia del coleador”, letra de Adelis Soto Valera y música de Rigoberto Ramírez, que grabado en 1974; “Mujer piriteña” de Rigoberto Ramírez; “Nuestro amor es el destino” de José “catire” Carpio;  “Paraíso de ensueño” de Víctor Brizuela, con el que ganó el festival San Carlos de Austria en Cojedes en 1974.

Otros éxitos suyos son,  “El caballo amarillo”, letra de Adelis Soto Valera y música del folklore; “Sin ella no vivo” de Rigoberto Ramírez; “Tristeza de un coleador” de Joel Hernández; “Los arrieros” de Joel Hernández; “Voy a volver a colear” de Juan de la Cruz Díaz, “Tres palabras de un llanero” de Rigoberto Ramírez, “La recoleada”, letra de Juan de La Cruz Díaz y música de Hernández Prisco; sobre este tema se detiene a hacer una breve descripción: “Conjuga el amor con la actividad de los toros coleados, una pareja que se enamoró en una fiesta de coleo, se unieron, se separaron, se volvieron a encontrar de nuevo en una manga y junto a una coleada apareció el amor nuevamente.

Algunas canciones que ha escrito y ha hecho famosas al cantarlas están: “El caballo de hierro”, “Así quisiera un caballo”,  “Recorrida larense”,  “El antojo”, “La remonta”, “¿A quién no le va a gustar?”, que escribió en 1989 con música el folklore, primero lo popularizó Luis Silva, posterior ha tenido diversas versiones, incluyendo bailables y tecno hecha por “el pollo” Brito. Ha escrito temas que se han popularizado en la voz de otros intérpretes: “La muerte anda borracha” con Armando Martínez y  con Luis Lozada “el cubiro”. “Aquí hace falta un coplero” con Julio Pantoja y con Luis Marín. “Amor y toros coleados” con “la negra” Linares. Le han dedicado muchas canciones. Una de ellas, “El coplero, poeta y coleador”, de Alirio Bonilla y la canta Armando Martínez. Existe un video de 12 de sus más sonados éxitos apoyados en una panorámica visual de la geografía llanera.

“Cuando comencé a cantar los cantantes de música llanera que grabábamos  no éramos muchos. Hoy en día hay muchos artistas. Muchos jóvenes. Me complace mucho que los jóvenes hayan seguido el camino de los viejos;  y un día yo me retire, ya tengo dos de mis hijos que cantan música llanera. Así están el hijo de Regelio Ortiz, de Teo Galíndez, los de Luis Lozada “el cubiro”, los de Reynaldo Armas, el de Sexagésimo y muchísimos”, dice.

Ganador del festival internacional de música llanera Florentino de Oro en 1985 con el joropo “El bastardo”, con letra de Adelys Soto Valera. En su condición de cantante y coleador ha recibido homenajes y reconocimientos que le son imposibles de enumerar.

Todo el tiempo en “El Barajuste”

En el exterior sólo ha cantado en Colombia. Confiesa que atender su finca El Barajuste, allá en Portuguesa, le quita todo el tiempo. Muchas veces deja de salir a cantar por atender la finca. “Si te vas mucho tiempo, al regresar se ha muerto un caballo, se quebró una vaca, y pierdes más que lo que te ganas cantando. Una vez dure un mes en Colombia, por Bogotá, Sogamoso, Villavicencio, Casanare y dejé a mi mujer en estado de gravidez y una yegua extraordinaria que se estaba haciendo para el coleo y cuando regresé de Colombia, mi esposa había abortado y la yegua se murió de cólico”.

Se ha casado dos veces. Tiene cuatro hijos. Dos de ellos cantan y son coleadores.

 

“Así es mi copla”

Asegura que ha pensado en el retiro. No le gustaría dar lástima después de haber sido lo que es en el canto llanero. Ha sido testigo de varias generaciones. Pero al mismo tiempo que habla del retiro, el año pasado presentó  su más reciente trabajo discográfico titulado “Así es mi copla”, que contiene 17 canciones. Pero reconoce que en los últimos años se ha dedicado más a componer y eso puede ser un indicio de  aires de retirada.

Las hazañas del coleador

La madre de Cheo Hernández Prisco se oponía a que fuera coleador. Consideraba que es una actividad muy riesgosa. Desde niño en la finca Macea ya jalaba ganado por el “tallo” siendo peón de llano. Fue a los 18 años cuando hizo su primera coleada en la calle real de su natal Papelón.

En ese pueblo se realiza cada año el campeonato nacional de coleo copa “Cheo Hernández Prisco”. 

Estuvo más de 20 años como coleador activo. De allí que se le conozca como “el coplero coleador”.  Ganó dos campeonatos nacionales  en la categoría “B” y cinco en l categoría A.  En 1978, ganó medalla de oro por equipo representando a estado Lara en los Juegos Deportivos Nacionales realizados en San Cristóbal estado Táchira. En 1982 volvió  a los Juegos Deportivos  Nacionales en Maracay, representando al estado Monagas, y con diez coleadas efectivas ayudó al equipo a ganar la presea dorada.  Fue campeón en diferentes ferias de ciudades de Venezuela.

 Cientos de tardes de toros vieron como su destreza y maestría se imponía junto a la fuerza de la bestia para darle una vuelta de campana o un limpio filo e’ lomo al toro mejor plantado o más veloz. En el coso, con el estribo dispuesto para el saque de puerta y la rienda en la mano izquierda mientras la derecha era un celaje tras la mota del astado está estampada su silueta. Mientras allá, en el tapón se oye la algarabía cuando el cacho se clava en tierra y el toro da vuelta sobre su cabeza. Miles de cintas adornaron su espalda de campeón. Miles los besos dejó colgados de la baranda y también los duros momentos que desencadena el riesgo al que su madre se oponía. No sólo por la cornada que sufriera el mejor caballo. Era la lesión personal, la fractura en el forcejeo de llevarse la gloria. En 1979 en la manga Juan Canelón de Barquisimeto, estado Lara, se fracturó la tibia y el peroné de la pierna derecha y en 1986, sufrió fractura de la pelvis que lo llevó a retirarse del coleo en la manga de Araure, estado Portuguesa. 

Entre los caballos que montó para sus hazañas en tardes de coleaderas, recuerda a  “Tardecita”, que era extraordinario; “Pólvora negra” rucio moro; “Perico pendejo”, un alazano caroreño; “La Vená”, “El Viví”, “El Concorde”,  infinidad de caballos que pasaron por sus piernas. También en su pueblo de Papelón, experimentó una profunda tristeza al ver morir a su caballo “Mostrador”, víctima de una cornada en el pecho que le dio un toro. “Como no botó mucha sangre, pensé que la herida no era grave. Pero era tan profunda que el derrame interno hinchó al caballo y a los dos días murió”.

 

Una faena rústica

“Antes el coleo era más rústico. Hoy se han impuesto reglas que favorecen al coleador. Hoy en día la premiación es metálica.  Cuando yo coleaba se ganaba una copa o un trofeo y las cintas que colocaban las muchachas”, comenta.

Foto: José González.