María Inocente Bello: Magia, curación y fe

(En la década de 1900, el reconocido profesor José Antonio Pérez Luna, ya fallecido, realizó una serie de conversaciones con personas de larga residencia en El Tigre. Estas conversaciones las publicó bajo el nombre de “Tertulias” en el diario “Antorcha”, trabajo que luego le valió su designación como cronista del municipio Simón Rodríguez, designación que ostentó hasta el día de su muerte. Su hija, Diana Pérez, de manera voluntaria, facilitó los recortes de prensa de estas publicaciones con el fin de refrescar un poco los aportes a la historia de esta joven ciudad de El Tigre, ahora en la era de las ediciones digitales. En su momento, cada “Tertulia” salió con la ilustración de una caricatura del rostro del entrevistado, realizada por el artista plástico Saúl Alcalá. Desde hoy, entregaremos cada semana, una de estas  conversaciones, acompañada, por supuesto, de la caricatura correspondiente, las cuales fueron reproducidas por el fotógrafo Antonio Hernández).   

MARÍA BELLO, como la conoce todo el pueblo de El Tigre, es una venezolana auténtica, fiel, defensora de todo el inmenso patrimonio que decora la historia de nuestro pueblo.

Ella nació en el pintoresco pueblo margariteño de La Vecindad, distrito Gómez del estado Nueva Esparta, un día 28 de diciembre de 1912; hija única de Victoria Bello, recia mujer de la playa que supo sobrellevar sobre su fuerte espiritualidad, todas las vicisitudes que la vida le deparó en su férrea lucha por la supervivencia.

María, sin embargo, se crió entre los mimos y el consentimiento de sus abuelos, Isabel Bello y Pedro Rojas, a ellos, les correspondió la tarea de tutelar a aquella niña que siempre demostró una gran sensibilidad  por la fe cristiana y una arraigada  solidaridad humana que se identificaba abiertamente  con las personas humildes.

Su escuela primaria  la realiza en el caserío López, perteneciente a los linderos geográficos de El Cercado, en una escuelita de pueblo, propiedad de la maestra Carmen Franco.

-Cuando yo terminé mi escuela primaria, cuarto grado, que era lo que se estudiaba para entonces, y aprendí a leer y escribir, compré un libro de medicina  y me lo aprendí todo, y llegué de esa manera a comprender lo complejo pero interesante  que resultaba el conocimiento del cuerpo humano.

El 10 de julio de 1933, a las 10 de la mañana, contrae matrimonio con Nicolás Alfonzo (+), y de esa unión matrimonial, nacen  15 hijos, de los cuales 8 están vivos: Martín, Roberta, Camilo, Leonor, Rosa, José Gregorio, Simón y Elena.

Ella, dentro del grupo familiar, constituye el pilar fundamental sobre el cual se sustenta el duro quehacer diario de su gente: Consejera, orientadora, madre, padre, guía y amiga fiel en el trato con propios y extraños, un verdadero MATRIARCADO que despide cariño y afecto y aquella sonrisa de conformidad espiritual señalada por Dios.

-De muy jovencita comprendí que sentía una gran inclinación por las cuestiones religiosas, y en mí se fue despertando  una maravillosa sensibilidad que atraía toda mi fe y espiritualidad por Dios, por nuestra madre Iglesia y por la Santísima Virgen. Hoy, puedo decir que siempre tuve en el GRAN PODER DE DIOS y la SANTÍSIMA TRINIDAD, mis guías mayores y a la vez dos oraciones poderosamente milagrosas.

-Estoy convencida que ha sido obra de Dios, el hecho de haberme escogido y revelar en mí, esa gracia de curar a los niños, con el poder de la oración… Dios y la Virgen, el camino de luz y bondad, él es muy grande y me favorece siempre.

El 24 de noviembre de 1948, llegó a El Tigre, procedente de Soledad, había salido de Margarita el año 1946.

“Cuando llegué acá, el único centro conocido era el Casco Viejo y una que otra construcción suelta, pero todavía no se había desarrollado ese crecimiento de casa, de gentes y calles… eso se produce prácticamente con la caída de Pérez Jiménez, con el nacimiento de La Charneca… los demás barrios y urbanizaciones son el producto de los años que han transcurrido”.

Con admirable fluidez y soltura, María Bello, hace entrega de todos aquellos recuerdos a través de una conversación sin trabas, que va acompañada de una maraña de gestos y movimientos, como tratando de dibujar con ellos en el vacío del aire, aquellas estampas de otros tiempos que señalan el inicio de este pueblo.

“La Tacita de Plata, La Cueva, La Casa China, La Casa del Pueblo, la bodega del señor Vicente Zamora, La Colmena de Don Pedro Rodríguez y El Refugio, propiedad de Don Ruperto Romero; fueron negocios hermosos de aquella época, que constituyeron parte de un comercio pueblerino y tradicional… al frente de la Farmacia San José funcionó el abasto El Sol de Oriente, propiedad del señor Andrés Sanno, un verdadero baluarte de la colonia italiana y emprendedor hombre en esa tareas del comercio… Por iglesia lo que existía era una capilla de barro con una cruz en el centro y recuerdo que el padre Arias venía desde San Tomé a cantar la misa del gallo todos los 24 de diciembre y los días domingo visitaba a los fieles, principalmente a los enfermos; la iglesia VIRGEN DEL VALLE, la que conocemos ahora, se levantó con el esfuerzo de todo el pueblo, con el aporte valioso de la lotería de `animalitos´ y la sabia conducción y bondad del padre Romero; un cura venido desde la tierra margariteña Santa Ana del Norte”. 

Datos, relatos, detalles, anécdotas, que fluyen con brillante frescura de la voz de esta espigada margariteña de 76 años de edad, con 50 nietos y más de 30 bisnietos, además del cariño y el afecto que le profesa todo un pueblo y su gente, que agradecido, ha recibido de ella la bondad de sus oraciones dichas con el corazón.

Simpática, atenta, solidaria, sensible y extremadamente sencilla, María Bello, abriga en sus fueros internos  el poder de una magia curativa, que la aleja mucho del simple y vulgar CURIOSO de aguas y fetiches; ella resume sus conocimientos a la cura del sapillo, la culebrilla y de las llagas en la boca de los niños. Católica – cristiana practicante- el único nombre que invoca es el del GRAN PODER DE DIOS.

“Para cada enfermedad existe una oración… desde muy jovencita sentí inclinación dentro de mí y comencé a curar a través de la oración… a esta casa ha llegado mucha gente importante de toda Venezuela: doctores, políticos, hombres de negocios, he visitado todo el país y otros países también: Curazao, Las Antillas, Colombia… pienso que yo no soy fundadora de El Tigre, pero creo que formo parte de su idiosincrasia. Cuando yo llegué me dediqué a vender arepas, empanadas, hallacas, cachapas, y a tejer pantuflas y sombreros… por eso puedo decir que amigos de María Bello es todo este pueblo de El Tigre, El Tigrito y San Tomé…”

Sobre la gracia de una sonrisa frágil y de fácil construcción que surca llena de ingenuidad y humildad su rostro cortado por las arrugas de su digna vejez, ella expresa:

“Dentro de la holgura económica de mis abuelo, el dinero que me daban yo lo invertía comprando libros de medicina y de botánica, y ello me facilitó un buen conocimiento sobre muchas enfermedades y el poder curativo de los vegetales, esto me ha ayudado bastante en el ejercicio de esta `profesión´, el haberme entregado a ella, con tanta fe y con tanta devoción, ya es obra de Dios; por eso, siempre digo que de haber estudiado o fuera médico o me hubiera entregado a servirle a Dios como religiosa… yo pagué una hermosa promesa al Dr. José Gregorio, por haberme curado unas fuertes dolencias  y el haberlo conocido en un sueño, afincó en mí esa fe y ese deseo de servir”.

Después de una rápida y silenciosa pausa, María Bello responde:

“Este pueblo se ha levantado  con muchos sacrificios, esfuerzos y trabajo, por eso puedo decir que es un pueblo heroico, de gente noble… si debo recordar a alguien en especial, debo mencionar a ALBERTO GUZMÁN LÁREZ, todo un caballero, un gran personaje, buen amigo, con él y con toda su familia me unió una profunda amistad… siempre lo recuerdo”.

Devota de la Virgen del Valle, como buena margariteña conserva en la sala de su humilde y modesta vivienda, un cuadro de la virgen marinera, y mirando el rostro de aquella santa agrega:

“Ella es linda, yo le tengo mucha fe y ella me oye siempre que le pido un favor”.

El Tigre, octubre de 1990.