Edith Ramírez: Siempre hay futuro aunque sea para dejar la huella

Carlos San Diego

Parece una muñequita de porcelana. Un cristal sacado de la arcilla de Chimire y pintado con los colores del merey y el mango de mayo en la mesa de Guanipa. Parece frágil; pero está hecha de un material humano muy fuerte. Ha sabido hacer de adversidades una caja de resonancia para la alegría. Para que a la vida no se le agote la sonrisa ni se le apague la luz en tiempos de tormenta. Cree en las fuerzas supremas.

Uno la veía muchacha, inquieta, delgadita como una espiga; perspicaz como una palomita matraquera. Aunque canta diferentes géneros musicales, siempre la vi fue al pie de un arpa. Su estatura no iba más allá del enclavijado, pero su voz sube tan alto que es capaz de despertar a los ángeles. Así es Edith Ramírez Cumana “la potranquita de oriente”. Un corazón hecho melodía.

Aquellos tiempos

Eran tiempos en los que en El Tigre, estado Anzoátegui, la música llanera se abría paso entre otros tantos géneros que gozaban de mayor preferencia, como la oriental, la salsa, la gaita  y los boleros. A finales de la década de los años 70 y comienzo de la de los 80, eran contadas las agrupaciones que se dedicaban a la tendencia llanera. Habían llegado  de las orillas del Orinoco, unos albañiles apasionados por el canto y la música: Miguel Ledezma “el carrao de San Fernando”, Fernando Vidal “el tordito de Cabruta”, Erasmo Hernández “el ruiseñor de Zuata”, y los arpistas Bernardo Ledezma “el lapo” y Otilio Hernández, convergieron con otras personas y grupos que ya cultivaban este género musical. Digo, Teresita Piñero, Nelly Guevara “la alondra”, Chuíto Maita, Cheo Roldán, Pedro Sotillo “el pollo del Caris”, Giovanny “macho” Meza, José Gregorio Mogollón, Elvia Guarema, Andrés Espinoza “el tigre de la llanura”, Rafael Morales “el caballero del arpa” , quien llegó de Duaca, estado Lara; Ramoncito Pérez, el maestro Blanca, Juan Manuel Muñoz “moriche”, Ramón Urpín, Denys Bolívar, Manuel Roca “el indio Tiuna”, “el babo” Machado, Cenaida Guaché, entre tantos otros, que con presentaciones en público, en locales nocturnos y en vivo en la radio, especialmente, los días domingo, en el programa Llano Adentro que por varios años, mantuvo el desaparecido locutor Dona Rodríguez en Radio Guanipa, en San José de Guanipa; programa que después trasladó a la ciudad de Anaco y trasmitía por Radio Anaco. Así se fue difundiendo el trabajo pionero de la música del llano en la Mesa de Guanipa, con agrupaciones como Los Copleros del Unare, Alma de Venezuela, Brisas Llaneras, Los Copleros del Iutet, El Indio Tiuna y su Conjunto, Ramón Solano y su Conjunto y Brisas del Guasey, que dirigió Alipio Rondón con José Gregorio Rondón como arpista; agrupación que todavía hoy sobrevive bajo la dirección del cantautor José Rondón “lucerito”. En su momento, ellos fueron animados por la inusitada aceptación que comenzó a experimentar la música llanera con la aparición en el mundo discográfico de artistas como Reynaldo Armas, Cristóbal Jiménez, Reyna Lucero, Freddy Salcedo y Freddy López, que son el pie de todo este universo que dio valor y respeto a la música del llano. Relación de jerarquías.

Las primeras notas

En medio de todo este movimiento estaba Edith Ramírez. Más que estar, se compenetró con todos estos cantantes, músicos, animadores y directores de agrupaciones folklóricas. Pero ella ya venía de antes. Su testimonio lo confirma. “Di mis primeros pasos con el cuatro de la mano de mi padre Roberto Ramírez, quien a la vez me conminaba a cantar mientras tocaba `porque así aprendería mejor los tonos´. Fue un aprendizaje básico, nada sofisticado. Pero aun así comenzó a gustarme el canto en aquel momento de los años 60 y 70 indistintamente de boleros, pasajes, o lo que estuviera de moda. Siempre rodeada de música, sobre todo en carnaval con los ensayos de la Caribean Boys Steell Band con Pedro “culebra” Tovar  y Rubén Ojeda a la cabeza  de esta agrupación en mi propia casa”. No necesita ir más allá.

Tenía 14 años cuando dirigió el conjunto de gaitas de la Policía Metropolitana de El Tigre como cuatrista y cantante. Fue la niña que hizo cantar a los tombos.

En hombros

En el año 1975  participó en el primer Festival Regional de la Canción organizado por el desaparecido declamador Carlos Gómez, celebrado en el entonces estadio Alejandro “patón” Carrasquel (hoy Enzo Hernández), a casa llena. Allí interpretó la canción “La potra zaina” del maestro Juan Vicente Torrealba. Ocupó el  segundo lugar, pero fue sacada en hombros cual torero del estadio y en medio del susto de su madre.  Ella apenas con sus 14 años de edad, era muy pequeñita. Desde ese momento fue bautizada popularmente como “la potranquita”. Y la canción “La potra zaina” se convirtió en su carta val como cantante. Una canción puede marcar el destino.

Ese acontecimiento reafirmó las bases de su gran sueño de ser cantante. Para ello,  contó con  la custodia y compañía de su hermano Víctor y de su tío Jesús, quienes también son músicos. Comenzó como cantante de planta en los negocios de Antonio Paradisso, un italiano arraigado en El Tigre,  amante de la música vernácula venezolana.  Unos siete u ocho años trabajó junto a los conjuntos de los maestros Ramón Blanca y  Bernardo “el lapo” Ledezma. También fue cantante en la  cervecería California que quedaba en el sector El Luchador de El Tigre,  acompañada por el ya fallecido arpista Rafael Morales “el caballero del arpa” y a quien ella, en confianza le llamaba “patecumbia”  y era el director del conjunto Alma de Venezuela. Igualmente se destacó  en otros ambientes y escenarios como en Campo Oficina, San Tomé, San José de Guanipa, Pariaguán y hasta donde le ha sido posible ir con su canto. Los límites estresan.

Música, educación y bolas criollas

La historia de esta gran mujer no queda allí. Además de  poetisa, cantante, compositora, locutora certificada por el Ministerio de Transporte y Comunicaciones,  y licenciada en Educación mención Desarrollo Cultural por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (Unesr); es una excelente deportista. Jugadora de bolas criollas toda la vida. En las competencias de este deporte  frecuentó el club Mogollón, ubicado en el sector Pueblo Ajuro de El Tigre, muy cerca de su casa en Campo Oficina.  Allí, después de cada competencia,  comenzaron por formar un  parrando llanero con la presencia de diferentes cantantes. Así surgió la idea de  parte del ya desaparecido físicamente Roberto Gómez de formar un conjunto y presentarlo los fines de semana. En efecto,  se llamó Copla Criolla. Grandes figuras de la música llanera se presentaron en ese lugar.  Edith recuerda que uno de estas figuras fue Rafael Martínez Arteaga “el cazador novato”. Un boche al éxito.

La expectativa se expandió.  Roberto Gómez alquiló un antiguo local llamado Savoy, frente a la parte sur de la plaza Bolívar de El Tigre y lo denominó El Arizona. Era un ambiente dedicado a la música llanera. Fue inaugurado con la participación del maestro Henry Rubio con Edith Ramírez como artista de planta. Allí compartió con grandes cantantes como José “catire” Carpio y Teresita Vegas. Fin de semana y parranda.

 

“Carrao carrao”

La canción que la identifica es “La potra zaina” de Juan Vicente Torrealba; sin embargo, la pieza que más le ha pedido el público es “Carrao carrao” de su pariente José “cheo” Ramírez, y popularizada por Reyna Lucero, a quien Edith Ramírez admira al igual que a Reynaldo Armas “el cardenal sabanero”. Desde aquellas primeras notas que le enseñó su padre, todos sus años se los ha dedicado al canto. Cantando creció. Cantando se formó. Cantando vio formar su familia. Cantando se graduó. Cantando le ha hecho frente las enfermedades. Cantando vive. Y cantando existirá siempre. No ha sido fácil. Pero ella lo explica de manera sencilla: “No es bueno rendirse ante la adversidad, por el contrario, siempre hay un futuro, aunque sea para la huella”. Dios le indica su misión a cada ser.

Testimonio de vida

Su huella, ella la ha profundizado con la grabación de su primera producción musical como solista con el título de “Hay potranquita para rato”. Es un trabajo grabado en los estudios Laurel Studio, bajo la dirección del maestro Héctor Piña. El disco consta de:… Una serenata que hace años se esperaba.

Relincho de alegría

Es Edith Ramírez una demostración de que la vida no se detiene. Que a través del arte las almas nobles evolucionan y los seres humanos crecen, tanto como su virtud; tanto como la luz de la buena energía que irradian. Por eso, “la potranquita”, aunque escuche pillar al gavilán, si llora es un momentico. Su relincho es de alegría. Imposible poner freno a una muñequita de porcelana.