Javier Osto:
Pisando corozo

Cuando era niño, recuerdo que mi abuelo Rafael Malavé, nos hacía referencia, que antes en el campo, las familias campesinas  muy poco usaban o consumían, por cuanto era difícil obtenerlo, el aceite vegetal o refinado, ya que era común que los habitantes del medio rural por sus propios medios, se proveyeran de aceite de forma natural extrayéndolo del fruto del corozo  o a través de la manteca del cochino, que ellos mismos engordaban para tal fin y además para hacer los chicharrones y el frito para los frijoles o el pintao (palo a pique o fríjol con arroz revueltos).

I

El abuelo, algunas veces debajo de la frondosa mata de pilón del patio de su casa, para que supiéramos cual era el procedimiento, nos pedía que le ayudáramos a pisar cierta cantidad de corozo, “para que aprendan como se hacía antes, para sacar manteca de corozo,  no sea que algún día les toque” nos decía como predisponiéndonos al aprendizaje, y quien sabe, visionando situaciones futuras tal vez, sin imaginar que en pleno siglo XXI y en medio de los grandes avances tecnológicos de la humanidad, hoy en día en nuestro país hayamos tenido que regresar a los tiempos rudimentarios de la juventud de nuestros abuelos.

II

Desde hace algún tiempo para acá, en estos campos soleados de las costas  del Orinoco, cruzados o porque no decirlo, crucificados por grandes tuberías, donde los vientos y las brisas cabalgan olorosas a fluidos y diluentes y  los cielos se dibujan en las noches con las llamas incesantes de los quemadores de gas, en medio de las más grandes riquezas petroleras del mundo -según dicen-, ahora es normal escuchar diariamente el golpe de la piedra contra la piedra para quebrar la concha del fruto de corozo y extraer la almendra para someterla luego al rutinario sonido de la mano de pilón contra el pilón para machacar esa almendra, que luego, ya totalmente triturada, se pasa por agua caliente y finalmente se fríe hasta secar el agua quedando  el aceite, que proporciona un agradable sabor a las comidas y tiene la misma utilidad que el aceite vegetal industrial, con el cual nos “sacan los ojos” los comerciantes asiáticos o venezolanos por igual, sin que haya un gobierno capaz de frenar tanta desproporción.

III

Ya nos ha tocado, hemos tenido que hacerlo, debajo de la misma mata de pilón donde nos instruyó el abuelo, que más nos queda. Y esto nos llama a la reflexión, ¿cuánto hemos retrocedido en un país tan rico como el nuestro? Donde era normal en cualquier hora del día, en cualquier bodeguita incluso de los campos más alejados, encontrar aceite de comer a precios muy bajo asequibles a la más mínima condición económica del más humilde habitante fuera del campo o de la ciudad. Y mire que los centros comerciales en cualquier ciudad del país, tenían  estanterías completas llenas de puro aceite vegetal de diferentes marcas y alguna que otra mínima variación de costo de acuerdo a la calidad o al gusto.

IV

Hoy en día si el pago es electrónico, un litro de aceite está al nivel de un sueldo mínimo. Y ¿qué pasa entonces con las órdenes televisivas y amenazas con decretos  que da el Presidente Maduro? ¿Mientras tanto, tendremos que seguir pisando corozo? A la usanza de 50 años o 60 años atrás.

San Diego de Cabrutica, julio de 2018.