ANTONIO JOSÉ MONAGAS :
Candelita con cara de crisis

Los juegos tradicionales, en cualquier parte del mundo, son representativos de la cultura del lugar. Son también, expresiones del gentilicio. Sobre todo, cuando sus prácticas se aferran al costumbrismo propio de la región que motiva cada juego en particular. En principio, la creatividad nativa se apoyaba en materiales autóctonos para proveer a los jugadores de los elementos de la actividad. En la actualidad, la realización de cada juego busca resolverse con base en los dictados que impone el desarrollo tecnológico. O bien a partir del maleable plástico, o del recurso de la computación con el complemento de la Internet.

Esta suerte de entretenimiento, replicada desde la política, igualmente se ha desarrollado. Incluso desde mucho antes que los propios juegos tradicionales. Surgió con otro matiz. Pero no por ello, dejó de tener el mismo objetivo. Es decir, incitar la imaginación para así ocupar el tiempo en función de un aprendizaje.

Sólo que en política, ese aprendizaje induce un efecto perverso cuyo resultado busca el engaño como recurso distractor. Pues de esa forma es posible utilizar el ardid, la picardía o la artimaña, para avivar la fantasía desde donde se articula la alevosía necesaria para hacer política prevaricadora. O sea, trasgresora, como en efecto se hace cuando los intereses políticos apuntan a solapar, usurpar y urdir situaciones en provecho de algunos pocos.

Pensando la situación de la política venezolana bajo este paradigma, podría inferirse que el grotesco invento, además intolerante en su esencia, de censar al sector automotor valiéndose del carnet de la patria, como elemento de sumisión y domesticación del venezolano, es tan absurdo como grotesco puede considerarse jugar con candela en torno a la gasolina.

Visto desde esta perspectiva, la medida tomada por el alto gobierno, es una pírrica muestra del nivel de creatividad de sus estrategas para acentuar más aún la discriminación y la exclusión. Pero sobre todo, la humillante burla en medio de un mercado petrolero donde la gasolina a ser vendida, se convirtió en un recurso paradójicamente escaso. De manera que para lidiar con la ineptitud que dio lugar a que un país con los mayores fuentes de riqueza petrolera del mundo en su subsuelo, no tenga la gasolina que su mercado interno demanda para impulsar la movilidad a la que alude el gobierno central cuando, sin conocimiento de causa, habla de la imposible que será lograr de este país, con el modelo político y económico pretendido, una “Venezuela potencia”.

El gobierno venezolano, encontró en tan inicua decisión la salida más insensata que los ideólogos del socialismo del siglo XXI, podían formular. Con este jueguito de “la candelita” pero en el contexto político, se plantearon que bajo medidas ilegales, inconstitucionales y sin sentido de la realidad circundante, resolverían no sólo el sustantivo problema representado por una industria petrolera que agoniza a consecuencia de la enfermedad (corrupción) que minó su funcionamiento. O el de decretar medidas que plantean engañosamente un modelo de inclusión y justicia a través de “la construcción de un programa de crecimiento y prosperidad” a partir del 20 de agosto con la reforma monetaria en intención.

En fin, tan patético estado de hechos, el cual solamente asoma un dramático estado de necesidad, caracteriza una densa sumatoria de problemas que puede señalarse desde lo que cabe leerse como la candelita con cara de crisis.