Luis Ramón Rodríguez Mata:
El “nano” el perro de don Pablo

(Relato)

Orlando “nano” Laya con sus más de 50 años nos cuenta una parte de su historia cuando era niño -  adolescente y nos dice que su mamá Carmen Laya (requies cat in pace), que en paz descanse, en vida fue una excelente hacedora de dulces caseros para todas las tardes bien temprano venderlos como meriendas y en cierta ocasión, Carmen le puso a su hijo Orlando un “azafate” (bandejas de madera), las variedades dulceras de besitos y turrones a colores llamativos de coco, pero en su andar voceándolos por la calle Héctor Villegas del Casco Viejo, un perro salió de pronto de la casa de don Pedro Pablo Saravia (requies cat in pace) con síntomas de tener mal de rabia y abalándosele encima con muchas ganas morderlo, no quedándole al “nano” otro recurso que tirarle la vendeja llena de dulces y salir corriendo, ya que si me quedo aquel perro me hubiera comido vivo, y mientras yo corría para esconderme en la bodega de Barón. El perro se entretuvo comiéndose muchos dulces y turrones. Y don Pedro Pablo, dueño del perro, corrió a espantarlo y llevarlo a su casa para volver a amararlo, y yo al verme alejado del peligro, salí de mi escondite y me puse a recoger lo que quedó de los dulces. Por supuesto, todos estaban entierrados y ponerlos en el “azafate”, regresando nuevamente a la casa y mamá al ver aquel desastre y sin preguntarme nada con un mecate doblado en dos, me soltó unos cuantos mecatazos, fue el premio por no dejarme morder por el perro de Pedro Pablo, o sea, parafraseando el dicho popular: Me peló el “chingo” y me agarró el sin nariz. ¡No me –joras, “nano”!.