ANTONIO JOSÉ MONAGAS :
Entre basurales y arbitrariedades: El retroceso que ha experimentado Venezuela, en todos sus órdenes, es inaudito. Es inaceptable.

No hay razón alguna que justifique tan desvergonzada regresión. Algunos explican el fenómeno como resultado de la ineptitud gubernamental. Otros dicen que fue resultado de un proceso deliberadamente preparado, con conocimiento de causa. Se habla de un proceso revolucionario cuyo objetivo es la demolición del capitalismo para suplirlo luego por el llamado socialismo del siglo XXI. Y que pudiera ser razón cierta por cuanto el manido Plan de la Patria y demás propuestas revolucionarias, estilan consideraciones que apuntan a la transformación radical del país a partir de objetivos que trasgreden el orden normativo al cual aludía Hans Kelsen en su esquema piramidal.

Desde la Constitución hasta la más básica de las reglas según las cuales pudo posibilitarse el ordenamiento social, político y económico de la sociedad venezolana, han sido violentadas. El mismo gobierno central a través de sus poderes ejecutivo y judicial, habida cuenta del disfrazado legislativo con su remoquete de “constituyente”, han sido canales de violación de la institucionalidad sobre la cual llegó a articularse el país en términos de lo que determina un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia.

La faz de Venezuela cambió radicalmente. Y para peor. No sólo fueron sus calles colmadas de basura toda vez que el propio régimen se mostró complaciente al permitir que la población se viera en la obligación de colocar sus desechos en plenas avenidas, calles y espacios públicos. Y así fue acostumbrándose hasta dar cuenta en la actualidad que ambientes locales se ven cundidos de moscas, zamuros, perros callejeros, ratas y cucarachas. Y ahora, el hambre hizo que muchos venezolanos vivieran momentos de escarceo con estas comunidades de alimañas y carroñeros. Estos basurales se convirtieron en razón para que la necesidad de alimentación, se viera irónicamente acariciada. Ahora, escarbar y hurgar en los cuantiosos basurales que deformaron el perfil de ciudades y poblados en general, es un acto de común y triste naturaleza.

Sumado a este padecimiento que conlleva un buen número de venezolanos, luce el otro mal, crudamente activado por la imperante y campante corrupción. Es el de policías y factores de las Fuerzas Armadas, exigiendo a cambio de torcidos favores, dinero o utensilios de calidad para de esa forma suspender o revocar la sanción que el carácter abusivo de funcionarios arbitrarios que se arrogan, dada sus ocupaciones en materia de seguridad, le permite. Es lo que en el argot popular se llama “matraqueo” y que no es otra cosa que extorsión o chantaje. O más coloquialmente, “robo a calzón quitado”.

En medio de tan convulsionado país, ante el cual el gobierno nacional no tiene el menor cuidado, particularmente por creer que tanta alcahuetería de su parte puede concederle la fuerza política necesaria para alzarse como factor electoral en cualquier instancia donde el voto popular pueda favorecerle, las realidades están agravándose. Y a extrema velocidad. El país perdió la brújula. Más, aquella apuntalada por un sentimiento de ciudadanía acicalado por valores de respeto, moralidad, dignidad e idoneidad. Es cuando cabe reconocer que se vive entre sordos de conciencia y ciegos de razón. En otra perspectiva, cabe igualmente decir que se vive entre basurales y arbitrariedades.