ANTONIO JOSÉ MONAGAS :
Sin sentido de venezolanidad

Al avizorar hoy al país no hay duda en inferir que ha retrocedido en múltiples aspectos. La idiosincrasia que tiempos atrás demostraron los venezolanos, indistintamente de dónde nacían, dónde crecían o dónde desarrollaban sus proyectos de vida, está derruida. Anteriormente, lo importante era la entrega que casi todos buscaban brindarle al terruño. Aunque no siempre el desarrollo de la persona es coincidente con el lugar que vio nacerle. Sin embargo, eso no importaba. Cada quien buscaba adaptarse a las condiciones que le rodeaban. La preocupación que a todos asaltaba, era verter sus capacidades y potencialidades en función del desarrollo del sitio que le acobijaba.

De esa manera, Venezuela comenzó a dejarse ver ante los ojos del mundo como un país inundado de hombres y mujeres con virtudes que exaltaban sentimientos de apego al lugar que los recibía geográfica, familiar o afectivamente. Fue así como se asintió el significado de venezolanidad que cada lugar tomó para sí. En consecuencia, tan hermosa condición derivó en valores que adoptaron el adjetivo de la región.

Cada estado, cada sitio, era representativo de los sentimientos que afloraban a medida que los lugareños o habitantes del lugar brindaban sus mejores esfuerzo en compartir y consolidar todo cuanto podían en función de exaltar honrosamente la región. De ahí devinieron caracterizaciones que motivaban y elogiaban el hecho de aportar energías al crecimiento del lugar. Surgió así la costumbre de llamar esos sentimientos de acuerdo a la región donde radicara la familia.

Surgió entonces la merideñidad, la zulianidad, yaracuyanidad, trujillanidad, anzuateguidad, espartanidad, bolivaridad, entre otros, por ejemplo. En consecuencia, la suma de dichas identidades, dieron forma y sentido al término “venezolanidad”. Aunque las intemperancias de los últimos años, hicieron olvidar sublimes costumbres que bien hablaban del venezolano en términos de su cultura y de la urbanidad ejercida. Pero fundamentalmente, de su modo de encarar el mundo, tanto como de estimar la vida. Actitudes como la de saludar con pundonor, ceder espacios, convivir de forma solidaria, respetuosa y tolerante, reverenciar al anciano, recogerse temprano, comportarse conforme a la norma, fueron desvaneciéndose con el devenir de años sumidos en contingencias que tendieron a desvirtuar tan gratas y agradables costumbres.

La voracidad del tiempo, amparada por la obstinación de insensibles gobernantes, fueron convirtiendo tantas ciudades y poblaciones venezolanas, en un encierro de acero y cemento que, al cercenar espacios abiertos, impidieron al común morador solazarse del encanto que brindaba la vista de parajes naturales. O deleitarse de una naturaleza que fue siendo invadida por la vorágine de un desarrollo urbano sórdido. Y peor aún, politizado por la injerencia de partidos políticos sin concordar intereses con sentimientos y desarrollo.

Las ciudades perdieron sus atractivos particulares. Resultado éste de la equivocada conjugación entre el idealismo arquitectónico y la estética urbanística del conjunto. Todo pasó a convertirse en peligrosos laberintos. Pero hoy atiborrados de basura, desmanes materiales, exceso de ruido y de elementos de inseguridad, que inspiró, paradójicamente, una extraña mezcla de tristeza y nostalgia.

Las calles y avenidas son ahora claras expresiones de una inusitada displicencia que sólo proviene de actitudes de grosera condición puesto que no se entienden ni atienden necesidades relacionadas con la iluminación, pavimentación, demarcación y señalización. Menos, necesidades de índole cultural. Podría decirse que muchos venezolanos dejaron de sentir al país, todo suyo. Otros, equivocadamente, creyeron que vivir esos espacios sin adentrarse para identificarse y compenetrarse con sus colores de historia, con sus olores de tradiciones o con sus sueños de crecimiento y desarrollo autóctono, era condición suficiente y necesaria para arrogarse atribuciones de autoridad. Y así, para discernir entre las cuentas de sus realidades, como si fueran legítimas necesidades.

Quienes pretendieron erigir ciudades desde una perspectiva sectaria no entendieron ni tampoco supieron que para abrogarse cualquier aprehensión de afecto con la región donde se anclaban afectos y proyectos de vida, no bastaba ni siquiera haber nacido de sus entrañas. La gente dejó de percatarse que la venezolanidad sólo podía sentirse asumiendo cada espacio como suyo. Y es lo que siempre ha hecho sentir la política cuando habla de “patria”. Y que según tan cuidada apreciación, es lo que hace que cada venezolano llegue a concienciar la necesidad de amar su paisaje y al remanso que su ambiente ofrece envuelto en cantos de sueños y libertades. No obstante, y a pesar del esfuerzo que sigue construyendo ideales en la dirección de cuidar el terruño que ha visto a cada venezolano nacer, crecer o desarrollarse, las realidades actuales, sometidas por tanta descomposición en lo político, lo social, lo ético y lo moral, acusan un presente sin decencia ni sentimientos. Pero igualmente grave, sin sentido de venezolanidad.