Carlos San Diego:
La diáspora de los pobres

Han caminado más de 70 kilómetros.  Dos días y una noche de marcha. La tarde de ayer cayó entre brumas de nostalgia. Acamparon en el corredor de una casucha.  Una vivienda pequeña a la entrada de un caserío de los tantos que se topan en el peregrinaje de la esperanza. Allí la gente los trató con amabilidad. Café, pan casero y nata de leche  les dieron a comer antes de que les rindieran el cansancio en brazos del sueño. Amanece de nuevo. Nubarrones presagian lluvia. Los cinco jóvenes ya están de pie. Aseguran en los bolsos más impermeables sus provisiones. Dejan nota escrita de agradecimiento a quienes los hospedaron. Se los echan a la espalda. Retoman la caminata bajo el cielo encapotado. La carretera parece infinita. Un camino azul oscuro, gris, aceituno, en medio de claros de llanura y bosques. Es temprano, pero hace calor. Hay que seguir. El desafío del destino no puede esperar. Se apuesta a una mejor opción que la del empobrecimiento que ensombrece la patria que han dejado atrás, con la voluntad de ayudar a través de remesas, mientras tanto, a sus familiares que no han podido salir o han decidido quedarse. Y esa otra quimera más grande que los impulsa a dar pasos contra lo que sea, con el fin de algún día volver a Venezuela, a su ciudad natal, a su casa, a abrazar a su familia o lo que encuentren de ella sobre las ruinas de la patria de Bolívar.
Son cinco jóvenes venezolanos, de los millones que han emigrado de Venezuela hacia cualquier punto del mundo. Huyen de la crisis en que el actual gobierno nacional hunde, sin miramiento acertado ni carril viable, la prosperidad de la nación. Proceden de hogares de escasos recursos económicos. Hogares que se han visto asfixiados por la crisis desatada en carencias de lo básico para sobrevivir. Cualquier ruta, por inhóspita que se plante, parece, desgraciadamente, mejor destino que su tierra de origen.
No disponen de dinero para pagar transporte. Es una odisea. Es el espíritu de aventura antes que quedarse a terminar de arruinar su juventud, con o sin título universitario,  en la frustración de recibir un salario sólo para comprar un kilo de harina de trigo y un cuarto de kilo de queso; a tener que madrugar para entrar a una entidad bancaria con la incertidumbre si hay o no sistema para retirar cien bolívares; trasnocharse detrás de la “suerte” que abra alguna de las páginas web oficiales o institucionales del gobierno para realizar alguna obligatoria transacción; treparse en algún camión de los que fungen de transporte público semejante al traslado de un rebaño de bestias; o de lo contario, arruinar su salud mascullando los infortunios entre las paredes de la casa, esperando que Dios haga caer del techo lo imposible. Esas son algunas de las razones por los que los jóvenes, esos que antes veían en Venezuela su futuro próspero y soñaban con envejecer en esta hermosa tierra, se van. Se van. Quisieran volver algún día. Pero eso no se sabe. El otro destino, de quedarse en el país que les depararía prosperidad, pero aún más arriesgado e incierto que el de irse, es convertirse en delincuentes, trabajar para las mafias o entregar, no su cuerpo, si no su conciencia a la prostitución, que son las vías de rápida solvencia económica que han florecido en estos últimos cinco años de la mentada “revolución” bolivariana, esa que ahora, como parte de sus acostumbradas improvisaciones de discursos mediáticos, lanzó el plan “De vuelta a la patria”, como el poema de Pérez Bonalde, inspirado en circunstancias muy distintas. En nuestros días, uno se pregunta: ¿Volver para qué? Hasta en el Ejército la rigurosa gazuza azota a miembros del componente.
Muy distinto a los jóvenes familiares de los altos funcionarios del gobierno. Se encuentran en las mejores universidades privadas de mundo cursando estudios o viviendo con sus gastos cubiertos a plenitud. No viajan a pie. La mayoría lo hace en vuelos privados y disfrutan de los lujos que en Venezuela son prohibidos. Entonces, ¿Cuál es la equidad? ¿Cuál es la igualdad de derechos que para todas y todos los venezolanos?
 En este caso son cinco jóvenes que salieron del estado Anzoátegui y así como se les ve a otros por las carreteras de Colombia, Ecuador, Perú… a pie o pidiendo colas en territorio desconocido; ellos llevan su destino puesto de Boa Vista a Manaos, en Brasil.
La lluvia comienza a caer. El camino asemeja un espejismo. Pero en los cinco jóvenes no tiembla la voluntad, ni la procesión va por dentro en su peregrinaje. Huyen de los corruptos, el desmedro y la muerte. La patria quedó atrás. Su futuro no tiene límites. Dios los bendiga.