EARLE HERRERA :
¡Feliz año, pues!

El beso como saludo cotidiano sería una licencia postmoderna. También en mi casa, cuando faltaban cinco para las doce, nos congregábamos alrededor del enorme radio a escuchar la grave voz  del locutor que desgajaba las doce uvas de la noche vieja, sustituidas por mamones. Todas las puertas del pueblo estaban abiertas de par en par a todos los que quisieran entrar o salir. Como en ese tiempo el besuqueo no era la forma corriente de saludarse, se aprovechaba el estallido del año nuevo para dar y robar besos, que ni el “Mil amores” de Pedro Infante.
Eran años tersos, para decirlo con Alexis Márquez Rodríguez, y ser cursis era ventajoso y natural, al punto de que, quien se apartara de la primorosa norma, resultaba un desadaptado, casi un paria. Tiempos después reivindicamos la valiente aceptación del gran Agustín Lara: “Yo sí soy cursis, los demás no se atreven”. Pérez Jiménez se iba con su mundo de luces, charreteras y antifaces y llegaban los adecos con la arepa de caviar y chicharrón con whisky, pepsicola  y removedor con un gallito en la punta.      
La transición de ese sublime choque de culturas la historia contemporánea se la agradece al contraalmirante Wolfgang Larrazábal, un simpático marino que se lanzó a una campaña presidencial en tierra seca con un cuatro. Estos recuerdos me asaltan, o mejor, me acarician, cuando la derecha desata una campaña contra las fiestas de navidad y año nuevo. No es una locura inédita, si me permiten el término, ya lo intentaron en el año 2002. Entonces le apagaron la luz a todo y convidaron a la herejía gastronómica de comer hallacas en febrero, una propuesta de lesa tradición que gracias al Divino Niño no cuajó.
Otra vez arremeten contra “Las uvas del tiempo”, olvidando el carnet del poeta Andrés Eloy Blanco, cuando en AD le cantaban a las milicias (“adelante a luchar milicianos”) y a la Revolución de Octubre, a la de aquí y, los más jóvenes, también a la de allá. El Papa Francisco en su bendición “Urbi et Orbi” incluyó a la “amada Venezuela” y esta gente, en lugar de recibir el nuevo año con los brazos abiertos, anuncia que no acepta diálogo y que no quiere hablar con  nadie. Aun así, el pueblo de Chávez le tiende la mano y le dice: ¡Feliz año, pues!