JOSÉ PÉREZ:
Vamos patria a caminar

El poeta nicaragüense Otto René Castillo nació en 1936 y murió en 1967, hace ahora 50 años, tan joven y tan dolido. Fue un poeta guerrillero muy valiente, torturado salvajemente y quebradas sus piernas, hasta quemarlo vivo al lado de su esposa, la combatiente Nora Paiz, su gran amor. Fue su reclamo lírico constante, su clamor por la justicia y la igualdad, refrendando en los gestos cotidianos las pequeñas hazañas políticas para anteponerse al flagelo del poder militar, al abuso, a la intolerancia y a las privaciones, lo que anticipó su muerte. Dice de él Claudia Palma: “Con una hoja de afeitar asegurada en una vara de bambú le cortaron la boca, las mejillas, el cuello, los ojos y los brazos”. Esta acción la ejecutó un capitán del ejército de Guatemala entre burlas y escarmientos. Pero en su obra más notable, titulada VAMOS PATRIA A CAMINAR, publicada en 1965 (la primera de los dos únicos libros suyos editados) dejó constancia de su profunda vocación de compromiso social. Había nacido en Quetzaltenango y murió en la finca Quebrada Seca, aldea de Santiago, Gualán, Zacapa. Sin embargo, había logrado iniciar estudios de letras en Leipzig, Alemania y se perfilaba como una gran personalidad intelectual en su país, de lo que deja constancia en su comprometido poema, “Vamos patria a caminar, yo te acompaño”, cuyos primeros versos representan una proclama en tono de lucha, en voz de guerra: “Yo bajaré los abismos que me digas./ Yo beberé tus cálices amargos. / Yo me quedaré ciego para que tengas ojos./ Yo me quedaré sin voz para que tú cantes./ Yo he de morir para que tú no mueras, / para que emerja tu rostro flameando al horizonte/ de cada flor que nazca de mis huesos.”. Precisamente el verdugo que flagela su cuerpo y su sentir le recuerda esos versos radicales, y le increpa este otro no menos explícito y valiente: “Ay, patria, a los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíces”.
Lo capturaron en Sierra de las Minas y el 17 de marzo de 1967 lo ejecutaron. Signo trágico para quien cantó al amor pregonando el derecho a ser humanos, a quien se confesó inconforme, a quien denunció fusilamientos, visionando niños alegres nacidos al final del siglo veinte, después de toda amarga oscuridad, en silvestre y colectiva felicidad, cuando el horror y las masacres se hubieran superado después de tanto oprobio por parte de una casta militar subsecuente en el poder, para quien la voz de Otto Castillo significó alguna molestia. Sentía el poeta que el humo del luto le emanaba del corazón, y de aquellos versos duros (“La cárcel de policías de mi país/ es verdaderamente tenebrosa”) y su talante libertario se salvó su nombre y quedó su palabra. Hoy, en el recuerdo, porque no queda otra cosa, tiene la claridad de la dignidad y el valor de un ejemplo singular. No en vano se convirtió en el gran símbolo de lucha del movimiento Los Indignados de España, 48 años después de su asesinato. Su valentía y su nombre así lo merecen.