ANDRÉS YÁNEZ :
El valor de la meditación

En la medida en que desarrollemos la capacidad de mejorar nuestra atención, de cambiar fácilmente la mente de una cosa a otra más constructiva, de obtener más control sobre nuestros procesos de pensamiento, logrando mayor relajación general, estaríamos desarrollando la capacidad de meditación. En realidad, la palabra es un poco vaga, ya que algunas veces se usa para significar intentos deliberados por reflexionar acerca de un concepto u otro. Aunque la meditación frecuente y regular, aún si es solamente por unos pocos minutos al día, conseguirá cosas vitales como; aumentar el control sobre los procesos de pensamiento, incrementa la capacidad para manejar las emociones, entrena la atención, ayuda al relajamiento general. En realidad no es una exageración decir que, utilizada apropiadamente, la meditación es una de las técnicas psicológicas más útiles disponibles para desarrollar los medios necesarios para contraatacar las ansiedades, la depresiones, las preocupaciones y en general los estados mentales y emocionales negativos.
La mente ha adquirido el hábito de revolotear de un pensamiento a otro, de seguir primero esta cadena de asociaciones  y luego aquella, de existir  en un estado de distracción casi constante mientras nuestros pensamientos parlotean dentro de nosotros como encadenados. Para manejar todo esto, la meditación nos ordena seleccionar un solo objeto o experiencia y permanecer en calma centrados en él. Conforme surgen los pensamientos, nos rehusamos a distraernos de nuestro objeto o experiencia seleccionado. No intentamos alejar nuestros pensamientos o impedir que surjan. Simplemente no les prestamos atención. Sin importar si los pensamientos son buenos o malos, felices o infelices, les permitimos entrar y salir de la mente sin detenerlos en ella y sin permitirles establecer el tren de juicios y asociaciones usuales. Si nuestra mente se distrae con un pensamiento en particular (y esto sucede con demasiada frecuencia, particularmente el principio, proporcionando una amplia prueba de cuánto necesitamos en entrenamiento que proporciona la meditación), regresamos con paciencia a nuestro punto de atención en el momento en que nos damos cuenta de lo que ha sucedido. No nos impacientemos con nosotros mismos, ni abandonemos todo con disgusto. Le agradecemos a nuestra mente por permitirnos darnos cuenta de que nos distrajimos y centramos nuestra atención.
El punto de atención, el objeto o experiencia que hemos elegido para meditar, puede ser de hecho cualquier cosa. Algunas tradiciones enseñan el uso de lo que llaman mantra, una sola palabra o frase que es repetida una y otra vez y a la cual le ponemos toda nuestra atención. Otros usan una mandala, un diseño geométrico que observamos con completa atención. Otras enseñan una práctica que implica visualizar un símbolo y enfocarlo con la imaginación. Otras ordenan sentarse con los ojos abiertos ante una pared blanca y concentrarse en ella. Pero en ninguna debe faltar la técnica de usar la respiración técnicamente.