ANDRÉS YÁNEZ :
El valor de la meditación

Parte V

Decíamos que la meditación nos ayuda a nuestras mentes. Al enfrentarnos con nuestros pensamientos en lugar de permitirles que nos dominen, nos volvemos más calmados, más pacíficos. Los vínculos entre estar bien de la mente y estar bien en el cuerpo empiezan a producirse. También podemos usar la meditación específicamente para trabajar con nuestras emociones. Habiéndose sentado durante unos cuantos minutos con nuestra atención en la respiración, podemos permitir que entre deliberadamente en nuestra conciencia el recuerdo de alguna experiencia tormentosa o hiriente que hayamos tenido. Por lo general, el recuerdo de esta experiencia produciría una reacción emocional inmediata. Pero ahora, en la tranquilidad de la meditación, el recuerdo viene a nosotros sin ningún choque emocional. Lo vemos con la indiferencia que aprendimos a mostrar hacia cualquier pensamiento que surja durante la meditación, y el pacífico estado del cuerpo hará el resto. En lugar de excitación, experimentamos ecuanimidad, y en esta ecuanimidad comienza a desvanecerse el recuerdo aún cuando regrese en otras ocasiones. También nos permite ser más honesto con respecto a la emoción e identificar aquellas ocasiones en que en realidad nos aferramos a ella por el perverso “placer” de tener un resentimiento o un sentimiento de ser maltratado.
No obstante, en ese momento como en cualquier otro, surgen emociones intensas en la meditación, es una oportunidad bienvenidas para observarlas con un poco más de objetividad de la que solemos tener. En vez de identificarnos de manera automática con ellas, lo que procede es observarlas, sin concederles ninguna importancia particular. Podemos observarlas fijamente, por decirlo así, y analizarlas en sus partes constitutivas. ¿Qué es esta extraña cosa que parece  “temor” o “enojo” o “resentimiento” o “verguenza” que usualmente nos abruma?.¿Donde está?.¿Puedo localizarla en alguna parte de mi cuerpo?.¿En mi mente?.¿Puedo saber de donde viene y a dónde va?. Si por lo general pienso en ella como algo desagradable, ¿Dónde está y qué es este desagrado?.
Después de unos momentos de hacer este análisis, nos damos cuenta de que la emoción es mucho menos sustancial de lo que siempre imaginamos. Quizás sea un poco más que una sensación de “hormigueo”, de calor o de agitación. Eso es todo. No solo ayuda esto a que la emoción pierda algo de su misterio y su poder sobre nosotros, también permite que se vaya desvaneciendo de nuestra mente. No es algo real, duro y objetivo que esté “afuera”. Es algo nebuloso, movedizo y cambiante que está “adentro”. Entre más la observemos, más insustancial se volverá y más comprenderemos el hecho de que no es verdad que las demás personas nos hacen “temer” o enojarnos o sentirnos mal. Nos lo hacemos nosotros mismos. No hay botones mágicos que ellos puedan venir a oprimir. La emoción es algo de lo cual, a final de cuentas, somos responsables nosotros mismos. Así podemos cambiar deliberadamente de nuestra inconciencia emocional a una conciencia emocional.