Claudio Fermín:
La violencia toca las puertas

No es necesario revisar estadísticas del Banco Central ni boletines epidemiológicos para saber dónde estamos parados: 28.000 homicidios al año; no hay medicinas en las farmacias ni pan en las panaderías; el aparato productivo destruido y no se produce casi nada; la gente muere a las puertas de los hospitales; de todas las regiones del país huyen al exterior en estampida, buscando una vida. Hay hambre.
No es posible callar ante tanta destrucción. Por eso el país ha salido a manifestar. En Caracas, Valencia, Barquisimeto y Maracaibo. En todas partes. No es sólo un reclamo de la oposición a través de sus partidos. Es eso y mucho más. Ya no importa por quién se votó en las últimas elecciones ni por quién se votará mañana. Lo que todos sabemos es que este gobierno está acabando con Venezuela y queremos que eso cese.
En las manifestaciones recientes ha muerto gente. Un venezolano que muera es mucho y ya han muerto varios los últimos días. Lo cierto es que fueron grupos paramilitares, civiles armados que actúan aquí y allá sin que autoridad alguna intervenga. La violencia vive con nosotros. La violencia se acelera y anuncia que hará de las suyas.
Las manifestaciones son expresión de un descontento desbordado. La protesta es la comunidad hecha quejido y dolor. No queremos seguir viviendo así. No queremos que corruptos, incapaces y malandros acaben con Venezuela.

Esto hay que detenerlo
Protesto el ensalzamiento que describe actos violentos como “acciones heroicas”. Las bombas malas son las que lanzan “ellos”. Las que tiran los nuestros son las “bombas buenas”. Por ese camino no debemos seguir, aunque no le parezca a quienes quieren construirse su crónica de heroísmo y grandeza a costa de la vida de los demás.
Protesto el lenguaje supuestamente viril, lleno de perfidia, ese que en nombre de la democracia y de los derechos humanos, de la paz y del cambio, llama a “ir más allá”, a “ir al desenlace”. ¿Qué significa ir al desenlace o “ir más allá”? ¿Será ir a algún lugar donde a los marchistas dejarán pasar con los brazos abiertos y sin interferencia alguna? ¿O estarán llamando al diablo para que el 19 de abril estalle el infierno, o como algunos cínicos tararean, se calienten las calles hasta que hiervan?
Mi temor por la violencia es el temor del padre. No quiero que perdamos más hijos. Es el temor del ciudadano. No perdamos más venezolanos, ya bastante se van todos los días huyendo de la violencia. Es el temor del político que ve los avances de la lucha y no quiere arrancar de nuevo desde cero. No es igual luchar contra un régimen tambaleante que contra una dictadura abierta. Es el temor del demócrata que aspira la pronta reconciliación de nuestro pueblo. La violencia sólo lo hará más difícil.
El país seguirá en la calle, en los sindicatos, en la prensa y en la radio, en los campos y universidades reclamando un buen gobierno, un gobierno justo y decente. La mentira seguirá desmoronándose y los activistas que ayer votaron por Chávez se sumarán al reclamo por el cambio, lo que hoy susurran con temor o con timidez. ¿Pero querrán hacerlo por otros violentos? ¿No es acaso ese uno de los hechos políticos que los ha decepcionado?
Sé que lograremos el cambio. Lo haremos en paz. Predicando lo que creemos. Buscando aliados para esos sueños. Organizándonos en cada rincón del país. Reconociendo los talentos donde quiera que se encuentren. Promoviendo la amplitud y la tolerancia. Estableciendo un gobierno para hacer el bien, no para emprender retaliaciones y dar rienda suelta a odios reprimidos. Cuanto antes empecemos mejor, pero nada de eso se hará en un mes ni en un año. Por eso, entre otras cosas, me preocupa el discurso de los juancharrasqueaos que ofrecen hacerlo en tres días.