JOSÉ PÉREZ:
Multarán a conductores sin licencia de pilotos

Las controversias con la ciencia, los avances científicos, tecnológicos y la modernización mecánica son ya parte de la diatriba diaria de los agobiados seres humanos que nos calamos al llamado tercer mundo como ovejas del desierto. Nadie pensó que el teléfono con imágenes, música y videos en tiempo real llegaría a los morichales de la Mesa de Guanipa tan rápidamente como ocurrió. No hace mucho teníamos que darle vueltas a una perilla con huecos del tamaño de un volante para marcar un número de teléfono en los aparatos largos y pesados que colgaban como nidos en cualquier parte, mientras se  le introducía un bolívar de níquel que hacía un gran alboroto interno cuando bajaba entre resortes y curvas de metal, hasta caer en la bandeja o devolverse por una ventanilla ubicada al lado derecho del aparto, si la moneda era rechazada. Con los vehículos está sucediendo algo parecido.
Tuve la oportunidad de montarme en un taxi eléctrico en España, un Toyota Prius, en 2011, y ciertamente resulta asombroso sentir el movimiento del auto sin que se perciba el más mínimo ruido interno ni externo. Es como andar en puntillas. Ideal, además, para llegar borracho a casa en la madrugada, sin ruidos de escape ni de motor, para que la cuima, bien dormida, no se despierte y nos pele los dientes.
Los autos de la marca Tesla ya están invadiendo al mundo. Carros eléctricos y autónomos. Es decir, se manejan solos. Tienen cerebro aunque no hablen. Obedecen la orden y no se quejan. Saben las rutas habituales y no se pelan. Conocen por GPS los puestos de loterías, las licorerías más frecuentes, las casas de las socias de la esposa, en fin, los puntos de interés personal, y nos ahorran el tormento de pelearse con los bárbaros que por todos lados nos quitan la derecha, se comen la luz roja, tocan bocinas como paranoicos, hacen piruetas y causan mentadas de madre.
Este auto autónomo es muy educado y tiene buen carácter. Nose enoja y no cae en provocaciones. La luz infrarroja lo ampara del agravio a ultranza y aunque un conductor de carne y hueso, un chofer de carritos o autobuses, no es su semejante porque no tienen los mismos sesos ni las mismas carnes, es obvio que el cerebro de un auto autónomo, su chip, su software, su centralita y sus circuitos, están muy por encima del conductor común y corriente. Le gana de todas, todas, en todo. ¡Gracias a Dios!
La novedad, sin embargo, deviene ahora del auto volador. No de los conductores voladores, que ya los tenemos, matándose y matándonos como ánimas que lleva el diablo, entre las rutas entre El Tigre-Pariaguán o El Tigre-Ciudad Bolívar, sino autos-aviones como el híbrido Aeromobil 4.0, de factoría eslovaca, que causa sensaciones en Europa, alistándose ya la primera flota de taxis de los mismos. Sólo un detalle frena, por ahora, el asombro de esta maravilla: Las regulaciones de la Agencia Europea de Seguridad Aérea. Si el chofer no tiene licencia de piloto, aunque tenga licencia terrestre de 5º Grado y al día su Certificado Médico original, no el chimbo, usted no me toca una nube con ese carro. Por mucho que quiera andar volando, se queda en tierra señor.
Si algún compatriota (alcalde, concejal, director de oficina pública o gerente de PDVSA) quiere comprarse un autoavión de éstos, saque de su billetera millón y medio de euros (más costos de envío y seguro contra todo riesgo) y haga su reservación para las primeras entregas en el año 2020,a través de del portal web de la empresa: www.aeromobil.com.