Carlos San Diego:
Llano de hombres: Un libro para andar a pie la tierra plana

Crónica y poesía se unen al borde de la tierra. Se hacen sabana. Carrera de caballo, relincho de distancia abierta por los centellazos del espejismo en las alucinaciones de pasar el día entregado a la faena con solo café negro  en el estómago y Dios templando cada escena desde las alturas. El hombre está allí, con el misterio, con la humildad de hacer cada día grandes cosas para sobrevivir a los desafíos de lo inhóspito, pero que por la sencillez de hacerlo práctica cotidiana y modo de vida desde que puede valerse por sí mismo, no se percata que lleva frente al infinito existencia de héroe.
Así suelta su fuerza creadora, página y más página, el poeta Luis Alberto Crespo, para dejar memoria y errancia, silbido y espíritu, ánima y presencia en el libro Llano de hombres, edición del Ministerio de la Cultura, donde el llanero es visto desde la plenitud interior. No como el mito fabulado, ni la exaltación de prodigios y magnificencia épica. Es visto como un hombre de todos los días, de a caballo, dueño de hato, peón de hato, amansador de potros, cabestrero, bonguero de los ríos y desafíos infinitos y anchos lo mismo que los caminos en el paisaje sin destino. Hombres de soledad y de alegría, que su única ansia de vivir es demostrarle a su propio cuerpo, a su propio sentimiento, a sus propios huesos, a su propio hábitat, su capacidad capaz de domar hasta el temblor de la arena que se hunde bajo el surco del talón o el anillo del casco de la montura.
Son historias de hombres reales, cuya única fábula es con el caballo y el toro, y el pájaro y cuya única recompensa final es nada, sólo soñar como sueñan los árboles, de frente al viento y si hay que devolverse, prefieren quebrarse, antes que sacar las raíces del lugar de origen  y manchar su estampa.
No es la primera vez que Crespo, (Carora, Lara, 1940) se acerca al llano. Su poesía tiene mucho de espiga de sabana, de astro de mediodía y de canto de tórtola, sus crónicas y trabajos periodísticos cruzan picas, pasos y calles de pueblo donde a las puertas de las casas se desensilla caballo y huele a sudor de demonio, y su alma tiene mucho de resolana y aguacero que van nutriendo un inagotable germinar, cada vez más cerca y más intenso que es capaz de hacerse canción al levantar vuelo lo mismo que el gabán cuando parte en busca de rumbos, lejos, bien lejos, donde la tierra es la misma.
Así recrea, quizás, lo antes vivido y lo forja de tal manera, que es un relato nuevo, un diálogo con la ceniza y el barro para construir una figura vital, vital de palabra y prolongación de la identidad, antes que el olvido sea la mata de mango solitaria en los asientos de un hato legendario.
José León Tapia prologa esta obra, y de inmediato se abre al espacio como un silbo de sausé en el chamiza sobreviviente del cañafístola, para orientar al perdido, en encuentro con el poeta y soñador de La Trinidad del Arauca, José Natalio Estrada; con Pablo Flores, el que dejó quebrar su pierna para no ser humillado por la caída de los lomos del bayo que por primera vez sintió peso de hombre en sus lomos; con la preferencia por los caballos criollos candelarieros; con el cuento del caballo “Cabalocito” parecida a la de una gente; con los diez tiros que le pegaron al caballo del joropo que cantó el “Carrao de Palmarito”, “Furia”, del que todavía la familia de Teodoro Heredia conserva el cráneo, por allá arriba, en lo alto de la casa; con Nicolás Llovera, una leyenda humana de las orillas del río Tiznados, de Guardatinajas, que por no pelar lazos en la sabana, se decía que enlazaba hasta el diablo y con la historia de José Giacopini Zárraga, que más se parece a un estribo de montura con el pie descalzo que texto de libro.
Después viene la poesía. Primero llanura que evoca inmortal al poeta Alberto Arvelo Torrealba y después parte del libro que hizo a la bestia flor en los sentidos de briosa inmensidad de Luis Alberto Crespo: Señores de la distancia, al borde de la tierra, allá, con la polvareda en la sien.