Hugo Cabezas:
El miedo al diálogo

Algunas veces uno quisiera entender el accionar político del oposicionismo en Venezuela. Ejercicio difícil, muy difícil, porque es inconstante en su prédica. Sus planteamientos, como la guabina, son difíciles de agarrar.
Van y vienen, dicen y se desdicen, afirman y niegan, yo fui yo no fui. Se desdoblan y contradicen permanentemente. Esa conducta es su táctica política, en su plan de derrocar al gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro.
Entenderla, hemos dicho, resulta difícil. Ninguna teoría sobre la dialéctica, puede darle explicación. No tiene cabida ninguna reflexión teórica, sobre el sentido lógico de su política. No ha existido, en estos doscientos seis años de vida republicana de nuestra Patria, un movimiento político nacional que pueda ser comparable con el oposicionismo antichavista, en su vacío ideológico, en su carencia de proyecto, en su ambición vulgarmente crematística.
Como podrá recordarse, en 1864 la clase dominante venezolana, con la Constitución de ese año, formuló su proyecto de nación. El ideal liberal hubo de imponerse en la definición del nuevo Estado. Proyecto de nación que, después de varias reformas constitucionales, en 1961, fue definido como Estado Social y de Derecho. La democracia representativa fue su sustento político. El siglo XX venezolano estuvo signado por la ocurrencia de hechos sociales, evaluados a partir de un  sesudo análisis político. Fue, precisamente, como resultado de su análisis, que se llegó a la conclusión de que esa forma de estructuración de la sociedad venezolana se había agotado. 
Me viene al recuerdo un seminario que sobre la crisis del liderazgo nacional en el año 1.995 realizó el Centro de Estudios Políticos y Sociales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, de nuestra siempre amada Universidad de Los Andes. Entre las principales conclusiones a las cuales se arribó fue la afirmación de que la crisis venezolana, de finales de dicha centuria, no podía ser relacionada solo con una crisis del liderazgo; sino que, muy por el contrario, era una crisis que había erosionado todo el funcionamiento estructural de nuestra sociedad. En otras palabras que, el modelo de Estado Social y de Derecho, apalancado en la democracia representativa y en el rentismo petrolero, estaban agotados.
Por lo que, la superación de la misma planteaba la necesidad de formular un proyecto de país distinto al ideado por la clase dominante. La dirigencia cuarto republicana, puntofijista, se mantuvo firme en su apoyo al viejo modelo. Más allá de proponer la reforma del mismo, no tenían otro horizonte. De otro lado, del lado de los impugnadores del mismo, un nuevo liderazgo, comandado por Hugo Chávez, emergía. Su formulación central fue edificar un Nuevo Proyecto de Nación a partir de una nueva Constitución. Nació así la Constitución Bolivariana y con ella, la Quinta República.
Surgió una nueva dirigencia oposicionista. De extrema derecha. Formada en las más rancias formulaciones conceptuales del conservatismo político y económico, profundamente neoliberal. Le ha impuesto a todo el oposicionismo, agrupado en la MUD, sus pareceres y acciones. Utilizan el chantaje, la presión, la amenaza y hasta la agresión, en contra de quien ose opinar, de manera diferente. Es ésta secta la que ha impuesto, en la MUD, su oposición al diálogo, el odio al adversario, la violencia y la muerte. 
No al diálogo, gritan con todas sus fuerzas. Maldito, el que dialogue. Traidor, el que converse con un chavista. Son sus expresiones más comunes. No reconocen al otro, no encuentran ningún valor en la identidad ajena. Idolatran el individualismo, no creen en el transito del “uno al dos, de la unidad a la pluralidad, y así a lo infinito”. Se creen dueños de la verdad. Le tienen miedo al diálogo.