María Isbelia A. de Alfonzo:
Escribir sin tregua

En la atmósfera intemporal del tiempo eterno sentada estaba yo en el rincón de mi estudio rodeada de mis libros cómplices,   escribo sin tregua y leo hasta la saciedad.
Si bien es cierto que soy lectora compulsiva,  ávida y apasionada, misionera del amor y la belleza y de mis noches escritora de tinta gruesa que muchas veces me encuentro con el alba.
Puede suceder que en algunos momentos escribo lo que siento, a la vida con sus soledades, tristezas y desencuentros y en otros lo que puede traducirse en alegrías y sueños, esperanzas y desvelos, literatura y amor siempre están allí dentro de las necesidades espirituales del ser humano y su condicionamiento material condensado como una dualidad conflictiva en esa angustiosa dicotomía.
Créame que no soporto las injusticias sociales ni las desigualdades,  pero dentro de todo esto lo más importante es que no he sido infiel a la realidad que me ha tocado vivir.
De hecho, creo en Sabato cuando dice que el escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo,  con coraje para decir la verdad y levantarse contra todo oficialismo que enceguecido por sus intereses pierda de vista la sacralidad de la persona humana.
Pienso que el sólo hecho de escribir me compromete con Dios, con mi patria,  con la historia y con mí tiempo,  es verdad que existe el escritor escapista vagando por allí con la mente desconectada, ya eso es harina de otro costal.
A decir verdad muchas veces me he topado con muros grandes y pese a los grandes desafíos he logrado pasar.
Mientras tanto apartando mis ojos de la vanidad sigo siendo una escritora de la vida en su largo camino cambiante e indetenible, con sus triunfos y sus tropiezos, escritora sensorial y del silencio, dueña del tiempo, convencida plenamente que cuando uno escribe busca vivir.
¿Cuántas veces al escribir prefiero lo difícil, lo complejo, lo inalcanzable, lo aventurero?  Reconozco que soy perfeccionista en muchos momentos,  obcecada de lo eximio como si no admitiera el desatino… Pero ¡Por Dios! ¿Por qué no hemos de equivocarnos,  si somos humanos?  Ya aquel aforismo lo dice muy bien,  que divino es el errar.
Al estar hoy compenetrada con las letras trato de difundir la literatura traducida en crónica, ensayo, poesía y novela, en una sociedad que tiene ciertos límites, pero para bien o para mal yo tengo una voz que no se puede callar,  por lo que siempre entre escritores me vea.
Te aseguro que puedo comenzar algún relato desde la noche inmensa y prolongarse hasta el alba al encuentro de Alfa Centauro.
En el momento crucial cuando las sombras amenazan con insistente tenacidad las luces, como escritora de artículos de opinión también me ha tocado  asumir muchas veces una posición controvertida.
Y en la estridencia mediática el despliegue noticioso se hace eco de mi voz, encontrándome al final con dos Venezuela muy distintas,  pero al topar con los escollos muy de frente no existe otra verdad más clara sino dos realidades en una misma historia que nos lleva ¡Oh tristeza! a una Venezuela en dos.
En estos últimos años que viene a ser precisamente mi vida de escritora,  siento una gran satisfacción cuando mis relatos vuelan con alas propias hacia lejanos confines trepando peldaños desconocidos.
Ya decía que he cultivado los diferentes géneros literarios,  incluyendo el ensayo, pero la crónica verdaderamente me deslumbra al posibilitarnos un juego escritural que parte de la eclosión de un hecho real haciendo anclaje en un discurso donde convive la ficción.
Siempre me he planteado un tanto desconcertada si la crónica no es un cuento y termino pensando que la diferencia entre las dos  la da precisamente el nacimiento del hecho real con respecto a la crónica.