ROSARIO GONZÁLEZ:
La panadería de Montalbán

Hace unos días tuve que ir de forma inesperada a la Capital, por cuestiones personales, obviamente fue de esas situaciones que al recordar sólo generan malestar. Nuestros días allá se limitaron a saltar de una farmacia a otra, la verdad, eso queda para otro cuento. Así pues, estando de un lado a otro, entre ansiedades y corrupciones, nos vimos en la necesidad de hacer un alto y pensar, ¿Qué comeremos?
En Caracas, y más para los que no la frecuentan, suele ser complicado tomar las vías adecuadas, es decir, si “pelas” la entrada donde reposa el nombre del lugar al que quieres ir, te esperan 20 minutos aproximados de dar vueltas para llegar a ese mismo punto, cosa que sucedía en cada una de las entradas que debíamos tomar, pues en plena avenida, con los nervios de punta entre motorizados  y carros salvajes, que presionan para que vayas a cierta velocidad, junto con el desconocimiento de las vías y ligado a la falta de las tapas en las alcantarillas, que le da un plus de adrenalina a la misión suicida, resulta tarea mortal tomar decisiones simples, como cruzar. Suerte que no caímos en ninguno de aquellos fosos, ojalá pudiese decir lo mismo de cada 20 minutos  perdidos entre calles y retornos.
En fin, luego de sentir la incomodidad del hambre, de cansarnos de admirar nuestras caras lánguidas y de nunca encontrar la panadería que buscábamos, cedimos, dejamos el orgullo y admitimos que en realidad estábamos perdidos. Ya en esa fase de aceptación, pasamos a la fase del “acuerdo” o el “compromiso”, cito textualmente “en la primera panadería que veamos, nos paramos”.
Transcurrieron unos minutos y fue de un momento a otro que apareció, allí estaba, la pequeña y silenciosa construcción, con una fachada, aunque algo sencilla, no tan deteriorada como la mayoría de cada local del país. Se veía inofensiva y hasta acogedora. Sin prestar mucha atención, entré, caminé inexpresiva, aunque igual a la defensiva y con mi padre al lado.
Supongo que hasta ahora nada les resulta trascendental y a lo que les he dicho no le encuentran sentido, pero, pido por un minuto que evoquen esa sensación de entrar a ser atendidos, no sólo en una panadería, sino a cualquier local donde exista un personal de atención al público. ¿Pueden vislumbrar claramente la expresión de la persona que te va atender? ¿Puedes a lo lejos percibir su tono automático y monótono? ¿Su mirada de aburrimiento eterno?; bueno, no existió nada de eso, en su lugar, al otro lado del mostrador, había una gran sonrisa.
Yo estaba atónita, hasta tartamudeé al ordenar, además de eso olvidé cuántos cafés había pedido, así que con algo de miedo le dije: “Chica, disculpa, sé que ya hiciste los otros cafés, pero me faltó uno”. Y no puede faltar él: “Disculpa la molestia”. Esperé su mala cara, mala respuesta, algo, y sólo obtuve un “no te preocupes, chica”.
Lo único que pude hacer fue intercambiar miradas de asombro con mi padre. Como si eso no fuese suficiente, el señor que limpiaba el lugar, cantaba mientras hacía su trabajo, al ver que debíamos llevar tantos vasos, fue rápido a buscar una bandeja y se acercó, dijo: “Déjeme ayudarlo”. Fue hasta el carro a acompañar a mi padre; yo seguía contrariada.
Entonces fui a la caja, segura de que allí sería tratada como siempre, tan mal como al parecer merecemos en este país.
No vale la pena ni detallar tanta amabilidad. En un momento pensé que el cajero me conocía de algún lado, ¿Sería todo eso algún teatro? , quizás era una especie de chiste. Cómo es posible que al ser atendida, como toda persona que paga por un servicio debe ser tratada, me sentía tan confundida, y, además pensando que había un dejo de burla en cada escena. No me parecía justo.
Reflexioné por un instante, sonreí y ya simplemente disfruté ese momento que supe sería efímero. Entre risas le dije al chico: “Quisiera llevarlos a la ciudad de donde vengo, son muy amables, parece irreal”, él sólo me sonrió y dijo de forma que sentí era sincera “qué bueno que haya disfrutado su estadía aquí”.
Esta no es una historia de ficción, no la invente, así sucedió. En algún lugar de Caracas, que no sabría decirles dónde queda y no sabría volver a llegar, se encuentra ese pequeño y mágico lugar. Existe, la panadería de Montalbán.
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