JUAN HERNÁNDEZ VICUÑA:
Los pacientes impacientes por negligencia inconsciente

La señora de mantenimiento menea el coleto mientras sonríe.  Las enfermeras sentadas hablando quién sabe qué.  Llega un joven de 13 años a la emergencia con dolor abdominal y vómito. Sus quejidos sólo alertan a su mamá y a mí que soy su hermano. Una camilla sirve de utilería para aquella mañana tercermundista. Una enfermera despierta a la doctora para que prescriba. La profesional de la salud entra a la sala recogiendo su cabello, las marcas de la sábana en sus brazos es porque apenas son las 5:00 am, lo ve de lejos, hace preguntas y diagnostica una gastritis. Ella se retira y pasan 15 minutos.  La mamá al ver que aún no colocan ningún tratamiento a su hijo, pregunta a las enfermeras por qué no actúan. Con incertidumbre manifiestan que la “doctora” no les indicó el tratamiento a administrar, una de ellas es honesta al decir: ¡eso fue que se paró molesta y se volvió a acostar! En ese instante entregan guardia, pero el panorama no es prometedor, ya que llega  una joven graduada de alguna universidad de poco prestigio, fama adquirida gracias a la negligencia cometida por la mayoría de los egresados integrales.
Comienza la caminata, 4k desde el momento que piden una irtopan, buscapina y solución de 0,9, porque según no hay en la despensa. Las farmacias circundantes lucen sus santamarías abajo.  Las colas en los bancos, peatones a prisa y el pitido de las cornetas, acompañan la vacilante búsqueda de aquellos medicamentos.
7:50 am, abre una botiquería que atiende rápidamente y dispensa dos de los productos solicitados para el joven que espera impacientemente. Falta la solución de 0,9 que al conseguirla completa 40% del salario mínimo en la inversión total para la salud de un familiar.  
Ya son las 8:50 am, con todo el tratamiento en mano, la nueva enfermera de guardia hace la pregunta que termina de encender los más irritantes sentimientos del ser humano ¿para que compraron eso si aquí hay? Seguidamente se autoresponde con franqueza: “Aquí hay medicamentos, pero algunos siguen pidiendo sin saber la necesidad económica de cada persona”.
¿Qué dirá Simón Bolívar de todo esto? ¿Lloraría como lo hacen los familiares que no tienen para comprar los tratamientos médicos? Seguramente Jesucristo golpearía las mejillas de los mercaderes que revenden insumos en los pasillos de aquel ineficiente hospital.  ¿Es antipatriótico decir que nada funciona bien en este recinto? Las moscas que posan en todas partes, deberían estar en la boca de la portera que recibe y despide con mal gusto a los que buscan asistencia. Carlos Fraga, se deleitaría en formar humanamente todo aquel personal descomunicado y con poca o nula vocación de servicio. Si la bandera de Venezuela estuviese ondeando en la entrada del nosocomio, seguramente buscaría zafarse del asta que la sostiene, para volar lejos de todos los que avergüenzan su tricolor.