JOSÉ PÉREZ:
Esa Charneca de mi juventud

La Fundación Centenario de El Tigre (1933-2033) tiene, entre otros apreciados amigos al abogado Miguel Cabello y al poeta Carlos “San Diego” Ostos. La misma ha tenido el gesto afortunado de conmemorar culturalmente los 60 años de la populosa urbanización 23 de Enero, más conocida como La Charneca.
Desde que nací en el Hospital General de El Tigre, aquel domingo 15 de mayo de 1966, hasta que egresé como Bachiller en Humanidades del Liceo “Briceño Méndez” en julio de 1985, La Charneca fue parte de mis vivencias de juventud, pues recorrí sus calles, a sol y lluvia, entre sombras y lunas blancas, siempre en el carrito de Fernando (un ratico a pie y otro caminando), desde la Carretera Negra de La Flint hasta el hospital Guevara Rojas, en esa época en que empezaban a darle forma a la avenida Peñalver, y cuando la avenida 5 era una calle ancha, oscura y peligrosa; y la calle Aragua abrigaba a los más temibles delincuentes de la ciudad. También los bares de meretrices de La Flint empezaban a ser desplazados hacia la vía El Caris para no levantar más los pelos de las madres de familia que veían amenazada la moral de sus hijas por el mal ejemplo de ese oficio ramero.
Cada vez que atravesé La Charneca a media noche durante mis tantos regresos a El Tigre, entre 1986 y 1990, período durante el cual estudié la Licenciatura en Letras en la Universidad de Los Andes de Mérida, mi vieja María Pérez activaba el recital disponible de oraciones a Dios, a la Virgen y a las ánimas para que llegara a salvo al rancho de zinc donde vivíamos desde que ayudáramos a fundar el barrio Simón Bolívar II, en tiempos de terrenos ociosos empotrerados por terratenientes de pacotilla para hacer comercio con la necesidad de vivienda de los pobres.
Mi vida de juventud y sueños sobrevivió al peligro de las drogas, las armas y la delincuencia de otrora de La Charneca. Eso contradecía el espíritu amable, cariñoso y solidario de sus fundadores y fundadoras, en su mayoría nativos de la isla de Margarita. Gente muy trabajadora, sin dudas. Muchos de estos viejos robles sobrevivientes fueron homenajeados el pasado viernes 26 de enero, según leo en un folleto muy modesto editado por la Fundación Centenario de El Tigre. Igualmente se entregó un reconocimiento a Aquiles “tanquecito” Guzmán, con quien estudié 2do. año de bachillerato en el liceo “Creación El Tigre”, cuando su director era otro margariteño llamado Silvino López, y daba clases de física mi amigo Jesús Cumana. El padre de Aquiles Guzmán, Joseíto, sigue siendo un gran amigo de nuestra familia, buen vecino y luchador, a quien de menudo veo pasar lentamente en su bicicleta hacia no sé dónde.
Por todo ello creo prudente y justo brindar nuestra palabra de aliento a la Fundación Centenario de El Tigre, y a todo su equipo de trabajo por esta actividad, pues 32 años después de alejarme de La Charneca por razones de estudio y de trabajo, la llevo en la piel cada día, pues en La Charneca murieron mi bisabuela Luisa Pérez, mi abuela María Pérez, mi otra abuela Ana Pérez y mis tíos Pablo Pérez y Eduardo “guaro” Pérez. El resto de la tribu vive en la avenida 15 con las esperanzas intactas por unos tiempos de bien y prosperidad que nunca llegaron y que nunca llegan. Aunque sola y bastante apagada en su dinámica social, La Charneca es como un árbol que no deja de florecer y dar frutos; algunos amargos, otros muy dulces. Sus raíces están vivas, como el espíritu de sus viejos robles. Eso la salva de la desmemoria. Pero si se evalúa la gestión gubernamental (a nivel central o municipal) en la piel de este populoso sector, se aprecia que la indiferencia de los últimos gobiernos la enterró en el polvo y la convirtió en ruina de olvido.
De manera especial, vayan mis recuerdos amorosos, in memoriam, a nuestro gran músico del requinto, Chuíto Almeida, hermano en el cielo y las parrandas inolvidables, más allá de La Charneca y más allá del infinito.