Javier Osto:
La distorsión del camino

“La lucha es larga”, decía el viejo camarada del Partido Comunista de Venezuela, Eduardo Reyes en aquellos tiempos en que ser revolucionario y hablar de revolución y hacer propaganda por una causa revolucionaria, era un arrebato de valentía, de coraje y sobre todo de principios.  De verdad su lucha era una lucha de verdadera convicción, de verdaderos ideales, de principios éticos, de principios morales donde hasta el comportamiento formaba parte de lo que se promovía como ideal político.
I
De esos ideales y de esos principios que acumulaba en su alma, en su hacer y en sus modales humildes Eduardo Reyes, nos impregnamos y nos hicimos también defensores, razonamos nuestra identificación y comportamiento socio político hacia la vida. Hoy esa visión sigue estando intacta en nuestro accionar, en cada paso, en cada reflexión, pero multiplicado por el tiempo y por la experiencia. Por ello duele, duele y produce escozor, otras veces asco,  ver como tantos y tantos que hoy en día hablan de revolución y se dan golpes de pecho, ni siquiera en el lenguaje, denotan el más mínimo sentido de los ideales y de los principios revolucionarios.
II
Uno no hace más que sorprenderse, -aunque en realidad  ya muy poco espacio queda para las sorpresas-, cuando uno escucha y ve a gran parte de esos que ahora se dicen ser revolucionarios más que los mismos fundadores de los conceptos que han permitido crear el ideario revolucionario. Y es que muchos de ellos, parecen sólo zamuros  deambulantes,  revoloteando, husmeando, oliendo para ver dónde queda la tajada para dar el zarpazo rapiñuelo para realzar el vuelo llevando entre las garras un puñado de podredumbre. Son los mismos y son muchos que se estiran y encojen de acuerdo a la evolución de los hechos,  repitiendo epítetos y consignas ya desgastadas, levantan banderas y se ponen trapos rojos, sólo para aparentar lo que en el alma no siente ni llevan y que en la primera escaramuza aprovechan la pesca en río revuelto y luego dan la espalda y esconden el rostro.
III
¿Cuántos? Muchos se han encumbrado y luego se desploman estrepitosamente. Precisamente por ese afán de ser lo que no se es. A cada rato los más calificados dirigentes gubernamentales hablan de la anticorrupción, de principios, de moral, pero, siempre parece que el lenguaje fuera camuflado, barato, algunas veces grosero y ofensivo a cualquier intelecto.  También,  a cada rato, muchos de los que han hablado y han estado en esferas gubernamentales de este o aquel puesto, al salir le llueven averiguaciones y casi siempre terminan siendo procesados por determinado delito de corrupción. Y así no puede sustentarse un ideario revolucionario pues queda claro que quien lo ha promovido desde esas esferas no lo era.
IV
Un revolucionario, es y debe ser un visionario, revolución no debe ser dar pasos a la deriva, mucho menos hacia atrás, sino hacia delante. Convencido, revolucionar, avanzar en la profundización del desarrollo en función de crear condiciones de crecimiento humano y social. Ser críticos, llevar las banderas de la justicia social como arma de lucha y saber enmendar. Hoy en día, necesario es orientar con claridad hacia donde se pretende ir. Pues el concepto de revolución se ha distorsionado muy peligrosamente y amenaza con crear un derrumbe en el camino.